Hay viajes que se recuerdan por una playa y otros que permanecen por lo que se siente al recorrerlos. Más allá de sus paisajes luminosos, República Dominicana se descubre en ciudades que conservan siglos de historia, en costas donde el lujo convive con la naturaleza y en regiones donde el tiempo parece avanzar a otro ritmo. Santo Domingo, La Romana y Samaná resumen esa diversidad y ofrecen tres maneras distintas y profundamente memorables de vivir el Caribe. Más allá de una postal, te lo contamos desde sus profundidades.
Tres paradas que invitan a viajar sin prisa y a descubrir una isla que siempre ofrece nuevas formas de sorprender.
Santo Domingo se camina con calma

En la Ciudad Colonial, cada calle cuenta una historia distinta y cada fachada parece guardar secretos del pasado. Aquí nació la primera ciudad del Nuevo Mundo y esa herencia sigue presente en lugares como la Catedral Primada de América o el Alcázar de Colón, donde la arquitectura del siglo XVI dialoga con la vida contemporánea que anima plazas y cafés.
La capital también se expresa a través de sus sabores. La cocina dominicana, intensa y reconfortante, encuentra nuevas lecturas en propuestas como Ajualä, el restaurante del chef Saverio Stassi, donde los ingredientes locales se reinterpretan con técnica y sensibilidad actual. Museos, galerías y pequeños bares completan la escena de una ciudad que se reinventa sin perder identidad. Dormir en Santo Domingo es hacerlo cerca de la historia, en hoteles que permiten vivir la ciudad desde dentro, sin prisas y con curiosidad.
El tono elegante de La Romana

La región se mueve entre playas tranquilas, campos de golf frente al mar y una atmósfera que invita a disfrutar sin excesos. Casa de Campo ha definido durante años el concepto de resort de alto nivel en la isla, con propuestas que van desde marinas privadas hasta campos de golf icónicos como Teeth of the Dog, una referencia obligada para los aficionados a este deporte.
Muy cerca, Altos de Chavón aporta un matiz cultural inesperado. Este poblado de inspiración mediterránea, suspendido sobre el río Chavón, reúne talleres artesanales, galerías y un anfiteatro que ha sido escenario de conciertos memorables. Hospedarse en La Romana permite alternar días de descanso absoluto con momentos culturales y gastronómicos, siempre en un entorno cuidado y sereno.
Samaná: naturaleza en estado puro

La península se abre entre montañas verdes, playas extensas y una sensación de aislamiento que resulta profundamente liberadora. Durante los meses de invierno, la bahía se convierte en refugio de ballenas jorobadas; el resto del año, la aventura continúa tierra adentro con caminatas hasta cascadas como El Limón o recorridos en lancha por el Parque Nacional Los Haitises, entre manglares y formaciones rocosas cubiertas de vegetación.
Las playas de Rincón o Frontón invitan a pasar el día sin agenda, mientras los pequeños restaurantes locales celebran la cocina sencilla y honesta de la región. En Samaná, el hotel ideal es aquel que se funde con el paisaje y acompaña el ritmo del entorno, pensado para quienes buscan descanso, conexión con la naturaleza y experiencias auténticas.

Recorrer estos tres destinos es entender la amplitud de la República Dominicana: una capital cargada de historia, una costa donde el lujo se expresa con naturalidad y una península que conserva su espíritu salvaje.
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