Un palacio frente al Mediterráneo: el nuevo hotel de The White Lotus está en la Riviera Francesa
Château de La Messardière | Foto: Sitio web

Después de Hawái, Sicilia y Tailandia, The White Lotus vuelve a hacer lo que mejor sabe: recordarnos que el verdadero lujo no redime a nadie, solo lo vuelve más interesante de observar. La cuarta temporada de la serie creada por Mike White ya tiene nuevo escenario y, por primera vez desde su estreno, rompe con la tradición de los hoteles Four Seasons para instalar su sátira en el Château de La Messardière, un palacio del siglo XIX convertido en hotel de ultra lujo en Saint-Tropez, en plena Riviera francesa.

El cambio no es menor. La Messardière no es solo un hotel: es un símbolo del privilegio europeo clásico, ese que no necesita ostentar porque lleva generaciones acumulándose. Ubicado en lo alto de una colina con vistas al Mediterráneo, rodeado de jardines impecables y suites que parecen diseñadas para discusiones pasivo-agresivas con vista al mar, el lugar encaja a la perfección con el ADN de la serie: belleza extrema como antesala del desastre emocional.

Hasta ahora, The White Lotus había usado los Four Seasons como escenario casi fijo, convirtiendo a la cadena hotelera en un personaje silencioso del universo White: espacios impersonales, perfectos, intercambiables, donde el dinero crea una falsa sensación de seguridad. Abandonar esa fórmula sugiere una evolución narrativa. Aquí no estamos frente a nuevos ricos incómodos con su fortuna, sino ante una élite más antigua, más educada y, por lo mismo, mucho más peligrosa.

Saint-Tropez tampoco es una elección inocente. No es solo un destino turístico, es un mito del lujo europeo: yates, fiestas privadas, herederos aburridos y celebridades que fingen anonimato detrás de lentes oscuros. Es el lugar donde el exceso no se explica, se asume. En ese contexto, la serie parece moverse de la crítica al privilegio contemporáneo hacia algo más corrosivo: la exploración de una clase social que ya no necesita justificarse.

Aunque HBO aún no ha revelado elenco ni fecha de estreno, se sabe que parte de la temporada también se rodará en otros puntos de la Riviera Francesa, e incluso en París, ampliando el mapa de una historia que promete menos exotismo turístico y más decadencia elegante. Menos espiritualidad impostada, más cinismo cultivado. Menos crisis existenciales gritadas, más silencios incómodos servidos con champagne caro.

Si algo ha dejado claro The White Lotus a lo largo de sus temporadas es que el paisaje siempre es una trampa. Entre más bello el entorno, más grotescas se vuelven las dinámicas humanas que lo habitan. Y en un palacio francés donde todo parece perfecto desde afuera, la pregunta no es si algo va a salir mal, sino quién será el primero en romper la ilusión.

Porque al final, cambian los hoteles, cambian los acentos y cambian las vistas, pero el mensaje sigue intacto: el lujo no te salva, solo te da un escenario más bonito para caer.

De palacio aristocrático a ícono del lujo mediterráneo

El hotel de The White Lotus temporada 4 no es una locación improvisada ni un set glamuroso de cartón: el Château de La Messardière tiene una historia que bien podría ser una serie por sí sola. Construido en el siglo XIX como regalo de bodas para una joven pareja aristocrática —un rico comerciante de cognac y su esposa amante del arte— el castillo fue, desde sus inicios, un símbolo de riqueza y sofisticación.

Durante los años vibrantes de los años 20, el lugar se transformó en punto de encuentro de la élite parisina, con fiestas que evocaban el espíritu de El Gran Gatsby: música, risas y un exceso que parecía no tener fin.

Tras varias décadas de altibajos y años de abandono, el castillo fue restaurado a finales del siglo XX y, en 2019, entró a formar parte de la prestigiosa colección Airelles. Desde su reapertura en 2021, combina el encanto histórico de la Belle Époque con una elegancia moderna: jardines perfumados de pino y jazmín, vistas panorámicas al mar Mediterráneo y espacios que abrazan la vida slow pero con todo el glamour de la Costa Azul.

Hoy, este palacio es mucho más que un hotel de lujo: es un testimonio del arte de vivir mediterráneo, un refugio donde la historia convive con experiencias culinarias refinadas, spas de clase mundial y esa arquitectura que parece susurrar historias de fiestas inolvidables.