
En el corazón del Maestrazgo turolense, donde el paisaje se vuelve abrupto y la historia parece brotar de la roca, se alza Castellote, conocido como el pueblo colgado. Este rincón de Aragón debe su apodo a su espectacular ubicación, encaramado sobre un imponente espolón rocoso que domina el valle del río Guadalope. Desde la distancia, sus casas parecen desafiar la gravedad, aferradas al precipicio como si el tiempo se hubiera detenido.
Un casco urbano que mira al vacío
Pasear por Castellote es sumergirse en un trazado medieval lleno de encanto. Sus calles estrechas y empedradas serpentean entre viviendas de piedra, balcones de madera y rincones que invitan a detenerse sin prisas. Cada paso revela una nueva perspectiva del entorno natural, con barrancos, montes y cielos abiertos que cambian de color a lo largo del día. La sensación de silencio y autenticidad es uno de sus mayores atractivos, especialmente para quienes buscan desconectar del ritmo acelerado de la vida urbana.
En lo más alto del pueblo se encuentran los restos del castillo templario, una fortaleza que recuerda la importancia estratégica de Castellote durante la Edad Media. Aunque hoy solo se conservan algunas estructuras, la subida merece la pena por las vistas panorámicas, que permiten comprender por qué este enclave fue clave en su época. Muy cerca, la iglesia de la Virgen del Agua, excavada parcialmente en la roca, aporta un carácter singular y casi místico al conjunto histórico.

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Naturaleza y aventura en estado puro
El encanto del pueblo colgado no se limita a su patrimonio arquitectónico. Castellote es también un punto de partida ideal para los amantes de la naturaleza y la aventura. En sus alrededores se pueden realizar rutas de senderismo, vías ferratas y excursiones que recorren paisajes poco alterados, donde la presencia humana es discreta y respetuosa. El cercano embalse de Santolea completa la experiencia con actividades acuáticas, zonas de baño y espacios tranquilos para disfrutar del entorno.
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Sabores tradicionales y hospitalidad
La gastronomía local es otro de los secretos que conquista al visitante. Platos contundentes, elaborados con productos de la tierra, como el ternasco, las migas o los guisos tradicionales, reflejan una cocina honesta y profundamente ligada al territorio. Todo ello se disfruta aún más gracias a la cercanía y hospitalidad de sus habitantes, que reciben al viajero con orgullo y sencillez.
Descubrir el pueblo colgado es apostar por un Aragón menos conocido pero profundamente auténtico. Un destino que no busca grandes multitudes, sino viajeros curiosos que valoran la historia, la calma y la belleza de lo sencillo. Castellote no se olvida fácilmente; se queda colgado, igual que sus casas, en la memoria de quien lo visita.







