Bailar contra el olvido en Puerto Rico: así es el país de Bad Bunny hoy

El alma siente que ha llegado a Puerto Rico cuando, en plena calle, una conversación acalorada culmina en una risa colectiva, así, con esa cosa tan caribeña de contagiarse de la alegría, aunque no se sepa de dónde proviene. Es medio día en el Viejo San Juan y el sol rebota en las fachadas de colores. Una pareja se achucha a la sombra de un flamboyán y desde una ventana, a todo volumen, resuenan en bucle unos ritmos pegadizos. Será por esa capacidad innata para apelar al disfrute de la vida, o por esa cadencia tropical que relaja las pulsaciones. O será tal vez por esa dicción a la que cargan de tanta musicalidad como a la piña colada de ron. Sea cuál sea la razón, definitivamente, el alma sabe que ha llegado a Puerto Rico.

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Luis Meyer

Es en la Plaza Colón, la puerta de entrada al que está considerado uno de los conjuntos monumentales más impresionantes del nuevo mundo, donde espera Alexandra Sánchez, experta en historia y civilizaciones antiguas. Pero antes de iniciar el paseo me lanza una curiosa advertencia. “A veces no me sale la palabra precisa, me quedo un poco bloqueada, y entonces bailo, y así me viene de nuevo a la cabeza”, dice, ensayando un movimiento con los pies. Buen comienzo es el de emprender una ruta pseudo-bailonga por el casco histórico de la capital, declarado Patrimonio de la Humanidad. 

El Viejo San Juan, al que se conoce como la ciudad inexpugnable por estar circundado de fortificaciones, es la imagen que ocupa el imaginario cuando se evoca esta isla alegre y sabrosona que vive algo así como un momento de reafirmación cultural. Una vuelta a las raíces que deja traslucir el orgullo latino, históricamente empañado en su condición de mancomunidad de los Estados Unidos (o Estado Libre Asociado). “Soy boricua, para que tú lo sepas” es la frase que canaliza este despertar de lo que llaman la puertorriqueñidad. Como si la debacle por la que transita el mundo actual llevara a apelar a la nostalgia. Como si se sintiera el riesgo de un desplazamiento de identidad.  

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Luis Meyer

“Somos una cultura bien mezclada que quiere recuperar su herencia, incluida la más ancestral”, me explica Alesandra desde el prado que antecede al Castillo de San Felipe del Morro, donde hoy un viento repentino permite volar las chiringas, que es como dicen a las cometas en el Caribe. Este fuerte que preside la bahía es (junto a la Fortaleza y el Castillo de San Cristóbal) una de las obras maestras defensivas que los españoles sembraron por la zona para contener los ataques de piratas como Francis Drake o Ralph Abercromby. Hoy los muros que abrochan la parte antigua son una barrera contra la modernización urbanística. Aquí, en este entramado colonial tan hermoso que parece un decorado, todo es auténticamente puertorriqueño, según me muestra mi alegre acompañante. “Más que un escaparate, es donde los locales venimos a janguear (del verbo hang out, que viene a ser como alternar)”, señala mientras nos dirigimos a la Plaza de Armas, donde una escultura recuerda a Tite Curet Alonso, uno de los compositores más prolíficos del país. Una figura de plena actualidad, no tanto porque se aproxima el centenario de su nacimiento como por la fascinación que despiertan sus letras identitarias: Las caras lindas de mi gente negra / son un perfume de melaza en flor / que cuando pasan frente a mí se alegra / de mi negrura todo el corazón. Con este tatarear llegamos a la calle San Sebastián, el epicentro del jangueo, especialmente en las fiestas del mismo nombre, pura expresión del sentido comunitario. 

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Luis Meyer

Santurce, el barrio bohemio de Puerto Rico

Más allá del casco viejo, San Juan son muchas ciudades en una. Muchos barrios, más bien, cada uno con su carácter. Como La Perla, oculto entre las murallas y el Atlántico, al que el rodaje del videoclip de Despacito, del puertorriqueño Luis Fonsi, sacó de la marginalidad. O como el lujoso Condado, con sus opulentas tiendas, sus elegantes hoteles y sus restaurantes al filo del mar. Pero el más bohemio será siempre Santurce, el distrito que, al estilo del Wynwood Arts de Miami o el West Loop de Chicago, está coloreado por grafitis. Es donde se celebra el festival de arte urbano Los Muros Hablan.

Precisamente en Santurce descubro el restaurante Epicuro, comandado por el chef boricua Antonio Pérez. La propuesta es de lo más original: doce comensales, dispuestos alrededor de una cocina abierta, comparten una cena bajo una temática común que va cambiando cada mes. La de esta noche, para mi sorpresa, son los perfumes. ¿Qué se puede esperar de un menú que pone el foco en la pituitaria? Ingredientes que potencian los aromas, fragancias que refrescan el paladar, platos con esencias de Bulgary y Channel. Mejor me quedo con la definición del chef: “Alimento que se transforma en arte”. Nada extraña que nadie quiera perderse esta experiencia, para la que hay largas listas de espera. Ni siquiera el mismo Rod Stewart, que vino a cenar hace unos meses. 

Loíza: el epicentro de la herencia africana

Puerto Rico tiene en San Juan su carta de presentación a una isla que, sin embargo, hace de la naturaleza su más portentoso monumento. Un paraíso bañado por el sol, con exuberantes montañas centrales, reservas forestales atravesadas por ríos e idílicos arenales abiertos a dos mares. Pero el propósito de este viaje es explorar aquellos rincones que quizás están fuera de ruta. Descubrir secretos que, en tiempos de incertidumbres, remiten a la autenticidad. Y no hay mejor lugar para ello que Loíza, en la costa noreste, a donde llego en el apogeo de la tarde mientras el sol se bate en retirada. En el camino dejo atrás la algarabía de Piñones, una comunidad a la que se viene a bailar y comer frituras. Y después de cruzar el Río Grande por un puente aparece la localidad conocida como la capital de la tradición.

Loíza, donde el 90% de la población es descendiente de esclavos, es el epicentro de la herencia africana, manifestada a través de la cultura. Una herencia que impregna todos los aspectos de la vida y otorga a la música, la danza, la cocina y el arte el sello de lo afropuertorriqueño. Es aquí donde Sheila Osorio me descubre el género de la bomba, “que nació al calor de los tambores en las plantaciones de caña de azúcar”, explica desde la playa en la que ha instalado el taller N’ Zambi para impartir clases como bailadora (que no bailarina). “La diferencia es que las bailadoras no tienen coreografía, sino que se mueven por improvisación”, añade, para después ofrecer una magnífica demostración con el mar de fondo.  

También el arte tiene en Loíza un representante crucial de la cultura negra: Samuel Lind, cuyas creaciones (pinturas, esculturas, serigrafías…) son una oda al mestizaje, el de africanos y caribeños, pero también el de españoles y taínos. “Hay símbolos y energías que debemos recuperar”, señala desde su casa-taller. Samuel me cuenta que una vez pintó a una mujer con su propia inspiración y llamó a la obra Matriarca. Y que, por casualidades de la vida, esta obra llegó a los ojos de Spike Lee, que se apresuró a comprarla: el director de cine identificó en la mujer los rasgos de su propia abuela.  

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Luis Meyer
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También encuentro tradición en la familia Ayala, artesanos de las máscaras de los Vejigantes, esos seres que espantan los males en la festividad de Santiago. Se elaboran con coco y son una colorida muestra de unas raíces imposibles de desarraigar. Con ellas abandono Loíza y emprendo la ruta hacia Luquillo para dormir en un lugar que hace honor a su propio nombre: The Serene House. De pronto me encuentro a los pies de uno de los grandes tesoros de Puerto Rico: el Parque Nacional del Yunque, un bosque lluvioso con una apabullante biodiversidad. “Es el entorno forestal lo que crea esta separación del mundo”, constatan Pablo y Maribel, artífices de este alojamiento de apenas cuatro cabañas con una peculiar arquitectura brutalista. En la noche se alterna la banda sonora de la lluvia, que no falta a su cita ningún día del año, con la melodía del coquí, la rana endémica de color caramelo que tiene el tamaño de una uña. Es llamada así por el canto que emite: “co-quí, co-quí…”.

¿Qué se hace en Vieques?

Hay algo de ilusión fractal en descubrir una isla de una isla. Es esta la idea que me asalta al subir a la mini avioneta que se dirige a Vieques, en un vuelo de apenas 15 minutos. Tiempo suficiente para maravillarme con la costa recortada en clorofila sobre la espuma del Caribe y la aparición, de pronto, de este otro territorio desmigajado en el que se adivina un ritmo somnoliento. También aquí, comprobaré después, hay una cruzada por conservar lo que identifica la propia cultura, un sentimiento que se hace más fuerte por el pasado militar de esta isla hasta hace poco más de 20 años.  

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Luis Meyer

Hoy Vieques es un diamante sin pulir en el que los puertos lucen rebosantes con la pesca del día (mero, mahi mahi, chillo…), las ceibas centenarias extienden sus raíces como los contrafuertes de una catedral y los caballos deambulan en libertad, ajenos a la presencia humana. Y todo tiene un aire de otro mundo, como la bahía bioluminiscente de Mosquito, la más brillante del planeta, en la que se navega de noche sobre un kayak. Gracias al microorganismo dinoflagelado, al agitar el agua, resplandecen halos de luz propios de la película Avatar. A ello se suma un catálogo de playas salvajes ribeteadas de cocoteros, exponentes de la esencia del trópico: La Esperanza, Caracas, Media Luna o Sun Bay, en la que se han rodado campañas de Victoria Secret. 

La Isla Nena, como también se conoce, llamó Isabel II a su capital en honor a la reina española, quién al enterarse donó a la población un altar de la Virgen del Carmen. Sus calles son un bálsamo de paz incluso en la hora punta, como me advierte Jose Manuel Emeric, el artesano del lugar, que exhibe su colección dedicada al Quijote. ¿Cómo ha llegado hasta Vieques el ingenioso hidalgo?, le pregunto. Y sin titubear me responde: “Está en todos nosotros, que somos perseguidores de sueños”. 

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Puerto Rico Sunshine

Así me dispongo a cumplir el último sueño de Puerto Rico: contemplar el atardecer que ha inspirado el nuevo color Pantone. Una tonalidad anaranjada que atrapa la luz de la isla en el crepúsculo y que se llama, claro, Puerto Rico Sunshine. Para ello hay que ir a la costa oeste, justo en el otro extremo del país. Un largo camino que servirá para cruzarme, por cierto, con muchos sueños cumplidos. Como el de Kevin García, que abrió hace poco el restaurante La Faena, en Guaynabo, y en el momento de mi visita recibe la noticia de su nominación al prestigioso premio James Beard como Mejor Chef del Sur. O como el de Wanda Otero, una microbióloga que ha comenzado a producir en Hatillo los únicos quesos añejos del país. 

O como Josiah Hernández, que está a los mandos del restaurante Chef’s Garden con una cocina intelectual que ha revolucionado los fogones caribeños. Historias a veces tan sencillas como la de José López, que trabajó para Toyota en Estados Unidos, pero siempre quiso regresar a la isla. Lo hizo y hoy vende cocos desde una alegre camioneta en un rinconcito de Playa Golondrina. 

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Luis Meyer
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Con esta inyección de optimismo voy llegando a la punta de la costa occidental, con una parada en el Pozo de Playa Jobos para verificar la leyenda de Jacinto, el ganadero que murió junto a su vaca al caer por el sumidero. Hoy, al gritar su nombre, las aguas rugen y se desbordan, de lo que doy completa certeza. Una vez en Playa Rincón, el clima parece perfecto para asistir a la puesta de sol, justo en el punto donde el Caribe se abraza con el Atlántico. Hay mucha expectación por capturar el acontecimiento Pantone. Un desfile de mojitos de colores y, de fondo, una música de reggaetón. Pero llega el momento y una nube ocupa el horizonte, opacando toda la luz. Entonces me invade una incongruente alegría. Será porque sé que, “con arroz y con habichuelas”, como dicen los boricuas para expresar que algo está muy claro, tengo que regresar a Puerto Rico.