
Llegué a Tulum en plena temporada alta esperando encontrar lo habitual: ruido, exceso y una energía desbordada por la fiesta. Tulum suele describirse en extremos —paraíso natural o caos absoluto—, y confieso que no esperaba descubrir nada nuevo. Sin embargo, como ocurre con los lugares que crecen demasiado rápido, la ciudad empieza a revelar otra cara cuando se deja de perseguir lo evidente.
Esa revelación apareció de forma discreta, casi accidental, caminando sin rumbo y conversando con quienes habitan aquí. Así fue como llegué a La Veleta, un barrio joven que hoy se perfila como el corazón de una transformación más profunda. Tulum está en proceso de convertirse en algo distinto, buscando significado y humanidad bajo la presión de su expansión. Y el arte se ha vuelto una de sus respuestas más claras.
Hotel Milam: un retiro de conexión espiritual en Tulum
Una ciudad que busca profundidad
El crecimiento acelerado de Tulum ha generado un cansancio visible hacia lo superficial. Bajo esa saturación, surge un deseo colectivo por experiencias más auténticas. El arte aquí no se encierra en galerías tradicionales: aparece en la selva, en muros urbanos, en espacios efímeros, en hogares privados. Exposiciones temporales, residencias orgánicas y encuentros espontáneos crean una escena que no parece diseñada para ser observada, sino vivida.


Arquitectura, arte y espiritualidad
En Tulum, la arquitectura también habla. Más que imponerse, dialoga con el entorno. La construcción se concibe como una extensión del paisaje, guiada por ideas de coexistencia y respeto. Este enfoque se refleja igualmente en la vida espiritual del lugar. Iniciativas como el Art Walk de Holistika, en colaboración con Tulum Art Club (TAC), integran murales y esculturas en la selva, revelando una conexión natural entre creación artística y búsqueda interior.

El arte como punto de encuentro
Esa misma filosofía se amplificó con Horizontes Mexicanos, el festival de muralismo más grande del país, impulsado por TAC y Artery, la galería del Hotel Bacab. Celebrado en Tulum durante la primavera de 2025, el festival adoptó un formato nómada que convirtió a la ciudad en un corredor artístico vivo. Murales, performances y encuentros se integraron al ritmo cotidiano, fortaleciendo la comunidad y dejando huella más allá del evento.

La Veleta —un barrio cuyo nombre alude a la dirección del viento— parece haber encontrado la suya: el arte como motor de desarrollo, diálogo y pertenencia.
BACAB: un proyecto que conecta las piezas
Para entender la intención detrás de este movimiento, conversé con Pedro Ossa, Director Creativo del Hotel Bacab. Su visión es clara y de largo plazo: crear un espacio donde las personas no solo pasen, sino regresen y construyan comunidad.
“El arte es el pilar fundamental de Bacab”, explica. Está presente en la arquitectura, en las habitaciones con obras de artistas locales e internacionales, en el interiorismo curado por Marva Studio y en Artery, una galería activa que alberga exposiciones, residencias, charlas y encuentros que ya forman parte del pulso del barrio.


El arte de quedarse
Una noche en Artery, durante la inauguración de BRUTTO del artista Fausto Tezza, confirmó esa sensación. Más de 150 personas compartieron conversaciones, vino y atención genuina. No era un evento social más, sino una reunión alrededor de algo significativo. Comunidad real, conectada por el arte.
Ahí entendí que Bacab no es solo un hotel, sino un marco vivo donde este nuevo ritmo cultural se vuelve cotidiano. Las personas se quedan más tiempo del planeado. Regresan. Las ideas se transforman en proyectos y los encuentros en razones para volver.


Tulum sigue siendo vibrante, intensa y, a veces, abrumadora. Pero si se rasca la superficie, aparece otra ciudad: más tranquila, reflexiva y profundamente creativa. Una ciudad que está aprendiendo a crecer sin perderse.







