
Singita comenzó su propósito hace relativamente poco, si lo comparamos con la historia del ecosistema que protege. En 1993, Luke Bailes abrió el primer lodge en la Reserva Natural Sabi Sand, en Sudáfrica, con un plan a 100 años de preservar la vida silvestre para las futuras generaciones.
Pero el beneficio no es únicamente venidero. Durante mi estancia en Lebombo —una de las propiedades de Singita en el Parque Nacional Kruger— tuve la oportunidad de cocinar un postre tradicional africano con Smangaliso, un joven aprendiz de cocina, cuyo nombre significa “milagro” o “maravilla”.
Él estudia en la Community Culinary School, un programa que responde a una necesidad real de la comunidad y de la industria hotelera africana, y permite que los participantes se gradúen como chefs y reciban apoyo para la inserción laboral en cocinas locales e internacionales.

Sudáfrica a medida: la grandeza de lo indómito
Hicimos un pudín de malva, de textura esponjosa, mientras hablamos de dónde le gustaría trabajar. Los otros equipos de cocineros y huéspedes prepararon también sus propios platillos y al finalizar nos sentamos a la mesa para probarlos todos, con un maridaje de vino sudafricano.
Anoté el nombre de algunas recetas tradicionales que degustamos en esa ocasión, como el umngqusho, o samp & beans (maíz triturado y frijoles), tradicional del pueblo xhosa, y, según dicen, el favorito del expresidente Nelson Mandela. Y el chakalaka, un guiso picante elaborado con vegetales.
Conoce a las pioneras que luchan al frente de la crisis de biodiversidad en África
Singita hace honor a su nombre, que significa “lugar de milagros” en shangaan, pues más allá del lujo, lo verdaderamente asombroso es su trabajo de preservación y el apoyo a las comunidades de las aldeas vecinas.
Otra de las fundaciones, que acepta donaciones, es el Singita Lowveld Trust, que cuenta con un programa integral de Desarrollo de la Primera Infancia.







