
Para conocer Toronto rápido y de manera auténtica, nada mejor que recorrerla en bicicleta. Tomé un tour en español que ofrece un vistazo a sus barrios, a su historia y a esa diversidad que late en cada esquina. Viajar se parece a escribir: no se puede abarcar todo. Hay que elegir, editar y dejarse llevar por lo que más inspira.
Toronto: mis vecindarios favoritos para un recorrido gastronómico multicultural

Un paseo sobre ruedas
Nuestro guía, Martín, un chileno que vive en Toronto hace más de cinco años, nos lleva por las impecables ciclovías que recorren la ciudad. En invierno, las fuentes se convierten en pistas de patinaje; en primavera, los parques se tiñen de un verde intenso y la vida al aire libre marca el ritmo de la urbe. Pero lo que mantiene durante todo el año el fuego ardiente, fueron las inmensas olas de inmigrantes que llegaron a Toronto y la convirtieron en una de las ciudades más multiculturales del mundo.

La primera parada es un parque, uno de los más de 1 600 que tiene Toronto. Dejamos las bicicletas bajo un árbol sin preocupación: «nadie las tocará», afirma Martin. Se respira un aire de mucha seguridad y confianza.
La ruta sigue por Nathan Phillips Square, la plaza central que enfrenta al antiguo Ayuntamiento —un imponente edificio de ladrillo y piedra con gárgolas y un reloj de 103 metros— con el moderno City Hall, dos torres curvas que parecen manos abiertas. Después, el recorrido nos lleva a Yonge–Dundas Square, la versión canadiense de Times Square, donde pantallas gigantes y luces de neón dibujan la Toronto más cosmopolita.
Pedaleamos por avenidas elegantes, atravesamos el histórico Distillery District —un antiguo destiladero convertido en epicentro de bares, galerías y cafés— y llegamos al puerto, con sus marinas prolijas y ordenadas. El tour culmina en el ícono absoluto: la CN Tower. Con sus 553 metros, domina el skyline y regala panorámicas que parecen infinitas. Desde allí, la ciudad se descubre como un mar verde salpicado de lagos, una urbe rodeada de naturaleza.

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Kensington Market: un mundo en pocas cuadras
El color, aroma y picante de esta ciudad multicultural- además del cannabis, legal y que perfuma las calles de Toronto-, se vive en el barrio de Kensington Market, a donde por supuesto volví para entender qué pasaba allí.
Odile es una parisina que emigró hace 20 años a Toronto y vivió en carne propia su transformación gastronómica. Como buena francesa empezó a buscar comida internacional y no encontró mucho, hasta que llegó a Kensington Market, donde actualmente guía un food tour. Ella comenzó a buscar joyas de las comunidades para guiar su food tour, porque nada que nos haga viajar más que la comida de una ciudad.
«Los primeros en llegar fueron los judíos, quienes dejaron su huella con una gran sinagoga art déco de 1930 que aún sorprende por su cúpula acústica perfecta», cuenta. «Luego llegaron portugueses, jamaiquinos, mexicanos, chinos y cada comunidad trajo consigo sabores, colores y costumbres que hoy se integran en las calles del barrio».
Kensington significa caminar entre murales, probar una crocante bureka judía recién horneada, descubrir una sopa tibetana de manteca y sal, morder una arepa colombiana o un tamal jamaiquino. Si este barrio tuviera un sabor, sería picante: intenso, diverso e inolvidable.
Desde 2006, el mercado está protegido como Sitio Histórico Nacional, lo que evita la llegada de grandes cadenas y preserva su identidad única.

Dormir en las alturas
Nada como alojarse en el Nobu Toronto para sentir la ciudad desde las nubes. Dormí en una habitación de más de 100 metros cuadrados, completamente vidriada en el piso 42: de día, el lago y el skyline; de noche, las luces de la CN Tower brillando como un faro urbano. El detalle que marca la diferencia: la bañera de madera hinoki, que convierte cualquier baño en un ritual japonés de relajación.
Además, el hotel tiene su inmenso bar a tono con el ambiente cosmopolita de la ciudad y el restaurante ofrece desde un menú omakase impecable hasta cortes de Kobe que justifican por sí solos la visita.
Una isla frente a la ciudad
Si hay un secreto inesperado en Toronto, está frente a sus costas. Un breve viaje en ferry te lleva a las Toronto Islands, un paraíso verde donde la naturaleza se impone sobre el ritmo urbano. Aquí, ardillas y chicharras reemplazan el ruido de los autos y un tour en paddle board al atardecer permite rodear la isla mientras el sol cae y las luces de la ciudad comienzan a encenderse. Desde el agua, Toronto se ve distinto: majestuoso, sereno y sorprendente.

Toronto no se descubre en tres días, pero tres días bastan para enamorarse de su energía multicultural, su orden amable y esa mezcla perfecta de ciudad global con alma verde. Una urbe que brilla en verano, pero que late todo el año.







