La primera vez que visité Mazunte (donde se encuentra Punta Cometa) fue hace más de 15 años, durante mi último cuatrimestre de universidad, cuando elegí hacer un proyecto de “metodología de la investigación” en el Centro Mexicano de la Tortuga. Trabajé como cajera en el departamento de “dulces y juguetes” de Sanborns (una cadena de tiendas departamentales y restaurantes en México) y ahorré cerca de 4 mil pesos para transporte, hospedaje, comidas y tours. En ese tiempo un bungalow en la playa semivirgen de Oaxaca podía costar apenas $100 pesos (unos cinco dólares) la noche.
Como diría Gabriel García Márquez, «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Así que no me sorprende que de pronto todos mis recuerdos de ese primer viaje que cubrí con mis propios fondos me parezcan positivos, incluso el trayecto de 12 horas en autobús sin calefacción ni aire acondicionado, desde la Ciudad de México.
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¿Qué hay en Punta Cometa?
Probablemente mi subconsciente estaba predispuesto a revivir parte de esa experiencia estudiantil hace unas semanas, cuando volví, por cuarta ocasión, a la costa oaxaqueña y perdí mis tarjetas mientras corría 4 kilómetros en la carretera, pero eso no representó algún impedimento.
Salí de mi hospedaje en Ventanilla, a unos 3.5 kilómetros de la calle principal de Mazunte, antes de las 5:00 de la tarde, para ver el atardecer en Punta Cometa, un promontorio rocoso en el Pacífico, el punto más al sur de Oaxaca, donde el mar salvaje se estrella contra las rocas y lo puedes observar desde un acantilado, mientras el cielo se pinta de naranja. “El mejor mirador de atardeceres en México”, se lee en la web del estado.

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¿Cuánto se camina para llegar a Punta Cometa?
Me dieron un aventón en moto hasta la calle Rinconcito —llena de cafeterías, restaurantes y tiendas de ropa y artesanías— la cual conecta con el camino para llegar al mirador.
El sendero comienza en el Camino Mermejita, después del cementerio, y se extiende por aproximadamente 1.5 kilómetros de terracería. Hay tres rutas principales: un sendero corto que lleva directamente al mejor punto para contemplar la puesta de sol; el Camino del Pescador para visitar playas ocultas y el camino largo o principal que transcurre entre cactus, matorrales y acantilados.
La caminata es de unos 15 o 20 minutos y, aunque podría calificarse como “sencilla”, te recomiendo que lleves hidratación suficiente y repelente de insectos (esto lo vas a agradecer). Los zapatos cerrados son opcionales, yo no los ocupé. Y el acceso tiene un costo de $10 pesos, aunque puedes donar una cantidad mayor (no olvides cargar con un poco de dinero en efectivo).

La primera vez que hice este recorrido, hace 15 años, fue Luis David, un pescador local, el que me indicó el camino y me prestó un palo “por si me encontraba con algún perro”. No recuerdo que hubiera escaleras en la primera parte de la ruta, como las hay actualmente, ni la cuota de acceso.
La energía de este cerro sagrado, y las vistas, atraen cada tarde a cientos de visitantes de distintas nacionalidades. Había gente hablando inglés, italiano, francés e idiomas que no identifico… otros más en silencio. Mientras la mayoría se sienta y observa, algunos meditan. Yo conocí a Erick, quien me invitó de su Gatorade, porque fui sin seguir mis propias recomendaciones. Pasamos 30 o 40 minutos viendo descender al sol y para el punto en el que el cielo se puso naranja, estábamos en una de las micro playas.

Dicen que en la época prehispánica esta formación rocosa era un punto de vigilancia y observación, además de un centro ceremonial para realizar rituales. Una particularidad de Punta Cometa es que también puede observarse el amanecer y, durante el invierno, se llegan a avistar ballenas.








