
Creía que nunca iba a viajar (literalmente) en el tiempo. Que jamás podría invertir el hoy con el mañana. Que retroceder hacia el pasado no era más que un axioma utópico de la ciencia ficción. Hasta que llegó la ocasión de descubrir las remotas y aisladas Islas Cook: entonces, un día entero se movió en el calendario, así como se mueve un peón en un tablero de ajedrez.
Entre montañas, islas y auroras: lugares para ver las estrella en Nueva Zelanda
Aquella mañana de invierno europeo, el viento afilaba las copas de los árboles y la lluvia anegaba el camino al aeropuerto, donde había que gestionar nada menos que tres vuelos con sus correspondientes escalas. Doha, Sidney, Rarotonga. Un larguísimo trayecto para llegar, tres días y tres continentes después, a ese lugar en medio de ninguna parte, donde 15 islas y un grupo de solitarios atolones se esparcen a lo largo de dos millones de hectáreas oceánicas entre Hawái y Nueva Zelanda. ¿En qué punto empieza el futuro? Espinosa cuestión la que me asalta en semejante estado de fatigas y desvelos, mientras el reloj avanza inexorable hacia el oriente, sobrepasando sus horas de un país a otro. Hasta que, de pronto, en un determinado pliegue del Océano Pacífico, el avión cruza el Meridiano 180. Esta frontera invisible marca la línea del cambio de fecha, hacia delante (si el rumbo apunta al oeste) o hacia atrás (como es el caso, con dirección al este). En ese preciso momento, hoy pasa a ser ayer. Y mi vida cuenta, improvisadamente, con 24 horas extras.
Hay algo romántico en experimentar, apenas sin percibirlo, este salto espacio temporal, el mismo que llevó a Phileas Fogg a ganar aquella arriesgada apuesta que consistía en dar la vuelta al mundo en tan solo 80 días. No puedo dejar de imaginar al flemático protagonista de la novela de Julio Verne cuando, aceptada ya su derrota, se percata de que el desfase de un día, al franquear esta línea imaginaria, ha jugado en su favor. Tampoco puedo dejar de hacerme preguntas peregrinas. Si la jornada se repite, ¿también lo hacen los errores, las alegrías, los sueños?…

Un collar de flores blancas y perfumadas se posa incongruente sobre mi ropa de abrigo. Hay todo un desfile de sonrisas, una humedad pegajosa, una música de ukelele. Acabamos de aterrizar en Rarotonga y, al unísono, un conjunto de voces proclama muy alto: “Kia Orana”. Después sabré que esta expresión, repetida como un mantra por los locales y presente en las vallas publicitarias, los comercios y hasta la matrícula de los coches, es un saludo y una bendición, una bienvenida y un deseo. Y que la traducción literal en la lengua maorí es algo así como “que tengas una vida larga y plena”.
Rarotonga es la isla más grande y poblada del archipiélago, donde se emplaza la capital, Avarua, una adormilada ciudad en la que, pese a ser el corazón cosmopolita del país, la vida discurre a un ritmo tropical. Hay en sus casas bajas, sus calles amplias y su ambiente relajado, todo ello enmarcado por lujuriosas montañas, un evidente triunfo de la tradición polinesia sobre la modernidad urbana. Pero antes de llegar, me sorprende un gigantesco mural que colorea la curva del aeropuerto. Es la obra con la que el artista mexicano Gonzalo Aldana cuenta la historia de cada una de las islas en 15 fracciones que, en total, se extienden hasta 560 metros. No se me ocurre mejor recibimiento visual que el de esta bonita galería a cielo abierto y con vistas al mar.


El mar, claro. Me hace falta mucho café para asimilar dónde estoy, pero es el color de las aguas el que me da la confirmación definitiva. Una tonalidad degradada entre el esmeralda y el zafiro, que ocupa la línea del horizonte allá donde los ojos miren. Estoy en un universo ajeno al resto del mundo, formado por islas que son como motas verdes en una inmensidad azul. Desde el que será mi nuevo hogar, una sofisticada cabaña de madera con el tejado de hoja de palma, diviso la laguna que forma la barrera coralina y nada me puede parecer más hermoso.

Tan solo dos carreteras permiten explorar Raro, como cariñosamente la llaman los locales. Una pegadita al océano, con la que se da la vuelta a la isla en apenas 45 minutos, y otra que culebrea por el interior entre plantaciones de piña y de papaya. Es esta última la que me llama, tal vez buscando la sombra en esta mañana tórrida. Una vegetación frondosa que estrangula las casas aisladas pintadas con colores vivos, los pequeños cafés que irrumpen a cada tanto, los comercios rebosantes de cocos y todos sus derivados: aceites, jabones, tejidos con su propia fibra… Es a lo que se dedican Robert y Susan, el matrimonio que ha creado la marca Rito, especializada en elaborar con este fruto productos de skincare. “El coco, al que aquí llamamos ‘el árbol de la vida’ es vital en nuestra cultura”, me cuentan. Como también lo es la labor de Norma Iro, la mujer a la que encuentro entre coloridas telas en una especie de palapa en plena selva. Tejidos preciosos que realiza con block printing, “una técnica ancestral que consiste en tallar diseños a mano sobre madera para después estamparlos con tintes naturales”, explica.


Basta un simple paseo para percibir en las gentes una fuerte conciencia de identidad en un país que, justo en 2025, celebró sus escasas seis décadas de autobierno, después acordar el estatus de libre asociación con Nueva Zelanda. Será porque el aislamiento propicia el sentimiento comunitario o será porque la naturaleza incontaminada permite una conexión íntima con la tierra, pero pronto iré descubriendo que aquí, en lugar de grandes cadenas hoteleras, lo que priman son los alojamientos pequeñitos, que los edificios bajo ningún concepto son más altos que los cocoteros, que no existe ni una sola cadena de comida rápida y que, por no haber, no hay ni siquiera un semáforo en la más desarrollada de las islas. Así como Fiji o la Polinesia Francesa han sido víctimas de la apisonadora turística, este archipiélago se me antoja como un diamante en bruto dentro del Pacífico Sur, que mantiene viva su cultura frente a los vientos de la globalización.
Lo comprobaré, días después, en el mercado de Punanga Nui, que se celebra los sábados en Avarua. Toda una explosión de color local con humeantes puestos de comida y fruta tropical, café orgánico y artesanías auténticas, todo ello ambientado con una música en vivo vibrante y percusiva, que hace del ritmo, más que una expresión cultural, toda una forma de vida. “Somos los grandes animadores de la Polinesia”, me espeta sonriente uno de estos vendedores, al ver como mis pies se mueven casi sin querer, mientras me prepara un refrescante ika-mata, esto es, pescado marinado en zumo de lima y mezclado con pepino, cebolla y crema de coco. Se trata del plato estrella de la gastronomía cookiana, que es una fusión de influencias asiáticas y polinésicas en la que, definitivamente, mandan los productos del mar y las frutas frescas.



Jacopo y Kura son una intrépida pareja que, con su agencia Ariimoana Walkabouts, me acompañan en el Cross-Island Track, una ruta de senderismo de costa a costa a través del accidentado interior. Él, italiano de Milán, y ella, nativa de Rarotonga, conocen tan bien el terreno que la caminata, de algo más de tres horas, se convierte en una interesante lección de botánica. Con ellos descubro que la flor rat tail (cola de rata) tiene sabor a champiñón, que los hibiscos lucen amarillos en el árbol, pero al caer se vuelven colorados, y que la kava māori es una planta que aún hoy se utiliza como relajante muscular. Más o menos a medio camino, vemos despuntar sobre la espesura lo que llaman Te Rua Manga o The Needle (la Aguja), un pico de 413 metros de altura que constituye el centro espiritual de la isla. “El propio dalái lama lo bendeció como uno de los chakras o puntos energéticos de la tierra”, me cuenta Jacopo en uno de los tramos en el que la vista se inunda de selva y mar. “Es esta una naturaleza amable y generosa, sin serpientes, ni tarántulas, ni plantas venenosas”, añade. A partir de este momento, la ruta desciende hasta concluir en una cascada.


Tras esta inmersión en las entrañas, toca acercarse a los bordes de la isla, allí donde descansan playas idílicas como Titikaveka, Aora y Tuoro. También toca sumergirse, con aletas y tubo, en las maravillas de los fondos marinos desde el mejor lugar de Rarotonga: los corredores del sur (Avaavaroa, Papua y Rutaki), unos canales naturales en el arrecife, estrechos y profundos, que conectan la laguna con el mar abierto. Entre sus paredes de coral descubro un colorido caleidoscopio de tortugas, rayas, peces tropicales e inofensivos tiburones de punta blanca. Me emociona saber que estoy buceando en el Marae Moana (Océano Sagrado), un área protegida de 1,9 millones de km2 que constituye el mayor parque marino del mundo. Fue creado en 2017 por el parlamento de las Cook para garantizar la biodiversidad del océano a las generaciones futuras.

Cincuenta minutos me lleva el trayecto en avioneta hacia Aitutaki, donde se dice que se esconde la laguna más bonita del mundo. En el aeropuerto, las gallinas corretean entre los pies, unos músicos amenizan la espera y los empleados, ataviados con collares de flores, apenas revisan los líquidos y los aparatos electrónicos. “Kia Orana”, escucho de nuevo, esta vez a modo de despedida, mientras mis ojos comienzan a vislumbrar un anillo de coral con 15 motus (atolones) anillados por playas colmadas de cocoteros. Más me asombrará, sin embargo, la belleza de esta isla desde la tierra. El azul solitario que todo lo envuelve con sus tonalidades diversas, el desfile cromático de los peces Picasso (qué nombre más apropiado) incluso desde la propia orilla, la calma de sus diminutas poblaciones, que parecen vivir en un eterno domingo.
Quedan otras islas (Atiu, Mitiaro, Mauke, Mangaia, Manihiki…), pero aquí me quedo, en esta sucursal del paraíso a la que no llegan las malas noticias, con la amabilidad de estas gentes tatuadas y sonrientes, al son de estos ritmos dulces y melodiosos. Aquí me abandono al preciado arte de no hacer nada, mientras pido al calendario que hoy vuelva a ser ayer, una y otra vez, en el remoto archipiélago de la felicidad.

Guía práctica para visitar las Islas Cook
CÓMO LLEGAR
Qatar Airways ofrece vuelos a Sidney desde Madrid, con escala en Doha. Desde la ciudad australiana, Jetstar vuela directo a Rarotonga.
DÓNDE DORMIR:
- Pacific Resort Rarotonga
A orillas de la laguna de Muri y a pocos paso de restaurantes y cafés, sus sofisticadas villas de madera con vistas al mar son espaciosas y acogedoras.
- Pacific Resort Aitutaki
Escondidos entre impresionantes jardines tropicales, los bungalows de este hotel están rodeados por las aguas turquesas de la laguna más bonita del mundo.
DÓNDE COMER:

- Nautilus Resort Restaurant
Una maravillosa experiencia gastronómica junto a la playa, con platos de influencia polinesia y guiños europeos a base de pescado fresco y frutas tropicales.
- Te Vara Nui
Un restaurante buffet con comida local en un exuberante jardín con cascadas de roca, en el que, además, tiene lugar un espectáculo de danzas polinesias.
- Manvia’s Kitchen
Auténtica cocina asiática con panes recién horneados y platos de sabores tradicionales en un sencillo puesto en la carretera de Aitutaki, regentado por una pareja de filipinos.







