
Abierto desde 2021 en Villa Crespo, Chuí celebra el recorrido de un proyecto que redefinió la cocina vegetal porteña desde el fuego, el producto de estación y una experiencia integral: un oasis urbano bajo las vías del tren, donde conviven platos para compartir, vinos, coctelería, música y una manera de encontrarse que hoy también se proyecta hacia Ciudad de México.
En Buenos Aires, donde la carne todavía organiza buena parte del imaginario gastronómico, abrir un restaurante centrado en vegetales nunca fue un gesto menor. Pero Chuí no nació ni como proclama ni como renuncia. El restaurante de la calle Loyola eligió otro camino: construir una experiencia sabrosa y expansiva alrededor del fuego, los vegetales, los hongos, las pizzas, los vinos, la coctelería y un jardín inesperado bajo las vías del tren San Martín.
En este tiempo, Chuí se consolidó como uno de los proyectos más reconocibles de la escena porteña contemporánea: un restaurante de cocina a leña, ingredientes de temporada, platos para compartir y una estética casi selvática que funciona como una pausa verde en plena ciudad. La propuesta obtuvo reconocimiento de la Guía Michelin Argentina y, en 2025, expandió su universo con una segunda sede en Ciudad de México.
El espacio fue parte central de esa construcción desde el comienzo. Antes de convertirse en restaurante, allí había un antiguo galpón en una zona poco transitada del barrio. Sus fundadores —Martín Salomone, Nicolás Kasakoff, Hernán Buccino e Ivo Lepes— imaginaron la posibilidad de transformar ese lugar en un jardín urbano, abierto, exuberante y atravesado por mesas al aire libre. En tiempos de primera pospandemia, esa decisión tuvo una potencia particular: no era solo una propuesta atractiva, sino un lugar donde volver a salir, encontrarse y comer con cierta sensación de aire puro.

Ese origen todavía se percibe en la forma del lugar. El tanque de agua que hoy aparece como una de sus imágenes más reconocibles, las estructuras heredadas del antiguo galpón y parte del mobiliario realizado con durmientes del ferrocarril son rastros que se incorporan a la experiencia. Así, Chuí se construyó sobre una lectura atenta de lo que ya estaba ahí: una frontera entre jardín y galpón, entre ciudad y refugio, entre cocina y plan social.
Guía de restaurantes en Buenos Aires (parte 1)
En zonas de cruce
La idea de frontera también está en el nombre. Chuí remite a una ciudad del extremo sur de Brasil, junto a Uruguay, donde el límite geográfico se vuelve zona de contacto. En el restaurante, esa noción reaparece de una manera más libre: bajo las vías, entre barrios, entre la mesa gastronómica y la salida nocturna, entre lo vegetal y lo festivo, entre la naturaleza y la ciudad. No es una idea que necesite subrayarse demasiado; alcanza con mirar cómo funciona el lugar para entender que Chuí trabaja siempre en zonas de cruce.
Pero la clave de Chuí nunca estuvo únicamente en su ambientación. Lo que volvió perdurable al restaurante fue la manera en que su cocina evitó reducirse a una etiqueta. La carta no incluye carne, pero tampoco insiste en explicarlo todo desde ahí. En lugar de pensarse en términos de “opción vegetariana”, propone una cocina de abundancia: platos para compartir, pizzas de fermentación larga, hongos, quesos, legumbres, vegetales quemados, salsas intensas, acidez, crocantes y grasa bien usada. Esa es probablemente una de sus mayores virtudes: nadie siente que está comiendo una versión disminuida de otra cosa.

En la mesa, esa búsqueda se entiende rápido. La palta tatemada explica bien el tono del lugar: vegetal, sí, pero también ahumada, untuosa, ácida, intensa. El paté de hongos trabaja en una zona todavía más profunda, con textura, concentración y una potencia que vuelve innecesaria cualquier aclaración sobre la ausencia de carne. El queso llanero quemado confirma otra línea de la carta: productos reconocibles, tratados con fuego y llevados hacia un punto más goloso. Y el butterscotch, con su dulzor denso y familiar, cierra la experiencia desde un registro casi afectivo, como un postre de infancia pasado por una cocina adulta.
Esa combinación entre cocina, espacio y clima explica también algo que se percibe apenas se entra: Chuí está vivo. Siempre hay gente, siempre hay movimiento, siempre parece estar sucediendo algo. Puede ser una comida con amigos, una salida familiar, una cita, un almuerzo largo, una cena que deriva en tragos o una visita gastronómica para quienes quieren entender qué está pasando en Buenos Aires. Aunque su jardín lo vuelva especialmente atractivo en verano, el restaurante funciona durante todo el año: cuando baja la temperatura, los sectores techados permiten otra experiencia, más resguardada, sin perder el clima vegetal y algo suspendido que define al lugar. Hasta Kimchi, el gato que da vueltas por el espacio, parece formar parte de esa escena: una presencia doméstica dentro de un restaurante que nunca quiso sentirse rígido.
En este recorrido, el regreso de Victoria Di Gennaro como chef ejecutiva para este quinto aniversario marca un punto especialmente significativo. Nacida en San Luis, fue responsable de la identidad gastronómica original de Chuí y creadora de su primera carta, construida alrededor del producto, la estacionalidad y el trabajo con fuego. Su vuelta puede leerse como un “volver a casa”: una nueva etapa desde un lugar de madurez, con cinco años de historia acumulada en el restaurante.
La proyección de Chuí también excede Buenos Aires. En 2025, el proyecto llegó a Ciudad de México con una segunda sede en Roma Norte, pensada como una suerte de espejo del restaurante original, pero atravesada por productos, ritmos y sabores locales. Más que una simple expansión, ese movimiento refuerza una idea que ya estaba en el nombre: la frontera como espacio de intercambio. Entre Buenos Aires y México, entre una sede y otra, Chuí empieza a funcionar como una identidad gastronómica latinoamericana en movimiento.
Chui: hongos, vegetales y conservas
Chuí es una dirección posible para entender cierta Buenos Aires contemporánea: una ciudad donde la gastronomía también se construye en los bordes, entre galpones recuperados, jardines inesperados, música, coctelería y mesas que se extienden más allá de la comida. Hoy, su potencia está en haber convertido esa frontera en una de las escenas más reconocibles de la Buenos Aires actual.







