
Hay un lujo rioplatense que no necesita demostrarse: se reconoce en los detalles. Llegar cuando el cielo vibra en tonos naranja, empezar con un aperitivo y una mesa abierta al paisaje, caminar hacia una obra que obliga a mirar hacia arriba y volver para cenar con el tiempo ya desacelerado.
Posada Ayana convirtió esa lógica en un universo: hospitalidad y arte como centro, arquitectura que acompaña sin imponerse y, desde el 19 de diciembre, una pieza gastronómica que termina de darle forma a la experiencia nocturna. Se llama bliss y funciona como bar y restaurante, pero también como punto de conexión: entre el afuera y el adentro, entre el cielo y la mesa, entre el verano uruguayo y una sensibilidad europea que se expresa con curaduría fina.

En este proyecto, ubicado en el corazón de José Ignacio, Uruguay, el concepto de universo sirve para describir un modo de habitar el lugar. Ayana no se presenta solo como posada y restaurante: propone un recorrido. El eje es Ta Khut, el Skyspace del artista estadounidense James Turrell integrado al predio, y el único en funcionar de manera independiente en Sudamérica. Se trata de una experiencia donde el cielo, enmarcado y amplificado por la arquitectura, se vuelve protagonista. No es un paseo que se tacha de una lista, sino un momento que marca el tono de lo que viene. De ahí que bliss encaje tan bien: llega para cerrar el recorrido de manera natural.
En ese entramado, bliss aparece como la pieza que completa la coreografía del lugar. Ubicado en el mismo predio que Posada Ayana y Ta Khut, la propuesta se despliega en horario de cena. Con una terraza de madera, mesas bajas y luz cálida, el espacio se destaca por un interior que trabaja con texturas y sombras más que con ornamentos espectaculares. Hay algo de refugio y abrigo, sin dejar de lado la continuidad con el entorno, como si el diseño no quisiera competir con el paisaje sino acompañarlo.
La promesa de bliss no se agota en su puesta en escena. El menú, breve y regido por la estacionalidad, demuestra una identidad clara: mar y fuego, técnica y producto, umami y cítrico. En lugar de una carta extensa, hay una selección de platos que funcionan como capas que construyen el relato del universo Ayana.

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El recorrido puede empezar con un gazpacho verde, o con una tostada de sardinas que pone el acento en lo salino. Si el inicio es ligero, el centro del menú empieza a ir hacia sabores más profundos: los mejillones con dashi beurre blanc y chile marcan ese tono con claridad. Esa misma lógica aparece en platos donde el condimento no tapa el producto, sino que lo rige. Las bolas de maíz con alioli de lima y furikake, o la corvina crudo con yellow leche y nice oil, dan cuenta de esa búsqueda. Luego, los porotos asados con goma y brotes se corren del lugar de acompañamiento para equilibrar el resto del recorrido.
En un destino donde muchas cartas se reparten entre mar y carne como si fueran mundos separados, bliss propone un tránsito natural entre distintos registros. El yakitori de pescado con hierbas, acompañado por colinabo y un tom yum chimichurri, reúne brasa y sazón; mientras que el ojo de bife con yuzu béarnaise cruza un clásico de la cocina francesa con el cítrico asiático. Si se quiere sumar un plato más “de barra”, el menú ofrece un tartar de lomo con brioche y dashi mayo, en sintonía con el hilo conductor de la carta.

El cierre dulce continúa con la filosofía del lugar. El durazno asado con vainilla y maní funciona como postre de estación. Y el Bliss leche, con madeleine y frutos rojos, sugiere un final más suave al paladar para un cierre que acompaña el ritmo calmo de la noche.
En un proyecto donde el arte cumple un rol estructural, el interiorismo y el diseño tienen un peso particular. En bliss, una lámpara de araña hecha in situ por el artista austríaco Patrick Rampelotto organiza el salón y establece un contrapunto material al cielo real que propone Ta Khut. La pieza fue creada durante una residencia del artista en Posada Ayana durante octubre pasado.
Esta instalación se ve acompañada por una paleta terracota, donde la madera y la iluminación baja construyen un ambiente de intimidad. Los detalles —texturas, colores, curvas— funcionan como recordatorio de que este universo, por más europeo que sea en su origen, está anclado en la costa uruguaya y en su verano.
Ese cruce —creadores europeos trabajando en un paisaje rioplatense— es una de las claves del proyecto. Robert Kofler, patrón de polo austríaco, jugador y empresario que divide su tiempo entre Uruguay, Argentina y Europa, cofundó en 2020, junto con su esposa Edda, Posada Ayana, un hotel boutique de diseño que combina arquitectura contemporánea, sostenibilidad y arte.

A su vez, a cargo de la cocina de bliss se encuentran Max Hauf y Katrin Wondra, el dúo creativo de MAKA Viena, reconocido por su restaurante en Austria. El proyecto comenzó como una idea durante la cuarentena de 2020: Max, recién llegado de Japón, experimentaba con sabores en casa mientras Katrin le dejaba ingredientes en el pasillo. Con el tiempo, la iniciativa creció hasta convertirse en una propuesta celebrada por su profundidad de sabores y su estética vibrante. Con su llegada a bliss, el dúo reafirma su vínculo con Uruguay, más concretamente con Punta del Este, donde ya habían participado en la temporada 22/23 con una propuesta en Skyspace Park.
Para vivirlo en su versión completa, la recomendación es armar la estancia en Posada Ayana como recorrido: llegar temprano para un aperitivo en bliss, moverse después hacia Ta Khut —con reserva previa desde el sitio web— y volver a la mesa cuando el cielo ya haya hecho su trabajo. En esa secuencia, bliss opera como punto de partida y como regreso: después de mirar arriba, la comida nos reconecta con el suelo. Y en un destino donde muchas propuestas se apoyan en la postal, esta ofrece una experiencia que se construye en el tiempo.
En temporadas donde el lujo suele confundirse con exceso, bliss y el universo Ayana proponen otra cosa: sofisticación a escala humana, hecha de decisiones finas. Todo se conjuga para disfrutar de una noche que empieza con un trago, se interrumpe para mirar el cielo y vuelve, sin apuro, a la mesa.







