Viajamos a Cap Cana buscando algo más que un gran resort. Queríamos una experiencia donde el lujo se sintiera honesto y el destino tuviera presencia real. En el Caribe y con la calma del paisaje, todo se alineó para que nuestra estancia se convirtiera en una inmersión completa, cuidada y profundamente conectada con el lugar.

Llegamos a The St. Regis Cap Cana y a sus Residencias. Inspirado en la cultura taína, en formas orgánicas y en el diálogo entre el mar y la vegetación, el diseño combina líneas contemporáneas con detalles que le dan un sentido de lugar. Mármol y piel conviven con vegetación tropical, texturas artesanales, patrones en ladrillo y techos curvos con fibras tejidas propias del Caribe. El resultado es una atmósfera refinada de quiet luxury, donde cada espacio y cada momento están pensados para elevar lo cotidiano, sin esfuerzo.
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La llegada no se siente como un check in, se siente como una transición. Cambia la luz, cambia la escala, cambia el ritmo. A partir de ahí, todo avanza con calma y elegancia, y el hotel se revela como una obra de diseño total. Un lobby imponente te deja en silencio, bañado en luz cálida, con techos altísimos y una textura inspirada en los bohíos taínos que marca el tono desde el primer instante. Su reinterpretación de la Long Gallery, uno de los espacios más característicos de la marca, también impacta desde la llegada. Una cascada central suaviza la monumentalidad de la arquitectura y una escalera escultórica se despliega hacia arriba de forma envolvente. El recorrido continúa entre jardines que acompañan cada paso, rincones íntimos y obras de artistas dominicanos que aportan un aire de galería, sin rigidez. Ese mismo hilo conductor atraviesa todo el proyecto, desarrollado por Campagna Ricart & Asociados y con interiorismo curado por Alexandra Guzmán y AG Interiores, con una lectura contemporánea del Caribe que se vive natural, sofisticado y local.
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Al entrar a las Residencias la sensación es de más privacidad, menos movimiento y una calma que se agradece. Rafael se fue directo a explorar con la cámara, buscando esos rincones donde la luz cae diferente, los contrastes de sombra en los pasillos y cómo el diseño enmarca el paisaje. A mí me atraparon los detalles más sutiles, el paisajismo generoso que acompaña los recorridos y el canto de los pájaros a cada paso, creando una serenidad tropical muy real.
Y ahí, casi sin darnos cuenta, dejamos de pensar en el resort y empezamos a imaginar cómo se vive así. Desayunos con amigos, una tarde que se estira entre la terraza y el mar, familia entrando y saliendo, y esa sensación de hogar, pero con el sello de St. Regis Hotels donde todo está cuidado y resuelto. Las vistas al mar y al campo de golf en el mismo plano te cambian la perspectiva. No se trata de venir a visitar el Caribe, sino de quedarte lo suficiente para que la experiencia se sienta residencial, no turística.
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Y esa vida sucede también afuera del hotel. En Cap Cana, el lujo también vive fuera de las llaves y los lobbies. Está en esa cultura de club donde la mañana puede empezar entre fairways perfectos y terminar con el sonido del galope. Punta Espada Golf Course es parte de ese lenguaje, un campo donde el Caribe entra al recorrido y el mar se vuelve compañero de juego. Y cuando el día pide otra textura, Los Establos Ciudad Ecuestre le suma carácter al destino con disciplinas que van del polo al salto y el paso fino, como un recordatorio de que aquí el lujo es estilo de vida, no un itinerario impuesto.

Los días en Cap Cana se fueron acomodando con naturalidad. Desayunos largos en Cassava, caminatas por la propiedad, horas bajo el sol en la playa, con el Caribe como telón de fondo. Y si tuviera que quedarme con un gesto pequeño que resume el destino, sería una taza de café. Ahí probamos The Dominican Triangle, un specialty coffee blend exclusivo de The St. Regis Cap Cana, simple y perfecto, que a mí, con corazón colombiano, me hizo sonreír. Más que aprender de café, fue saborear la República Dominicana desde su tierra, entender su origen y sentir, de forma simple y auténtica, cómo el destino también se cuenta en lo cotidiano.

Las tardes empezaban con un ritual sencillo, y la Quisqueya Mary abría la conversación, una versión del clásico Bloody Mary con un giro local. Ya de noche, The Amber Room fue un cambio de escena. Un refugio íntimo, oscuro y envolvente, con una estética de tonos profundos y una atmósfera de elegancia masculina que se siente sin necesidad de explicarse. La alianza con Arturo Fuente está presente en cada detalle, y el espacio evoca ese tipo de reuniones refinadas que parecen heredadas de otra época. Rafael se dejó llevar por la experiencia con un experto en puros guiándolo entre algunas de las mejores variedades, mientras un mixólogo acompañaba cada elección con diferentes tipos de rones dominicanos. .Y para cerrar la noche, cenamos en Nina, el restaurante insignia de la propiedad, con una propuesta del chef peruano Diego Muñoz, centrada en el fuego y una lectura contemporánea de la parrilla peruana.


Días de experiencias extraordinarias que no se sienten acumuladas, sino bien vividas, como si el lugar supiera cuándo invitarte a moverte y cuándo pedirte que simplemente te quedes. Y es ahí donde Cap Cana, junto con The St. Regis Cap Cana y sus Residencias, se muestran en su mejor versión, como un destino diseñado para vivirse con calma, entre paisaje, arquitectura y una privacidad sutil que hace que la experiencia no termine al irte, sino que se quede en la memoria.








