La carretera que avanza por la Costa del Sol parece dar un respingo antes de abordar las últimas rugosidades de la Serranía de Ronda. A un lado, el Mediterráneo reposa como una lámina, proyectando hacia el cielo sus destellos de plata. Al otro, la vista se enreda entre castaños y quejigos para al final perderse en infinitos olivares. Hay en cada pliegue, en cada curva, en cada desnivel, un ansia de la naturaleza por imponer su desorden, mientras atrás queda el glamour que estereotipa a esta codiciada tierra malagueña.


Esta tierra que, con Marbella como epicentro, sabe tanto de noches empapadas en champán y fiestas que a golpe de talonario atraen a famosos del mundo entero, parece querer exhalar el aliento definitivo para alejarse al fin de la ostentación y el derroche. Para olvidar el papel cuché y la purpurina social, y entrar de lleno en la esencia andaluza.
Es entonces cuando, en un recodo del camino, aparece Finca Cortesín. Es casi mediodía y la luz incide en la blancura de sus muros. Un aroma a hierba recién cortada emana del jardín y en el patio las flores reventonas anuncian que la primavera está llamando a las puertas. Hay en el ambiente una calma balsámica, algo así como un abrazo cálido que da la bienvenida a este resort, erigido en todo un referente del refinamiento discreto. También aquí se respira otro lujo, acaso más apegado a las raíces.
ME Marbella: el nuevo referente del lujo contemporáneo en la Costa del Sol
Finca Cortesín es pura Andalucía. En su arquitectura de cortijo gigantesco que prioriza la amplitud, la luz y la tranquilidad. En el rumor de las fuentes. En los aires morunos. En el algarrobo que preside la entrada desde el origen, cuando no había nada más que su sombra y poco se podía intuir que aquel espacio se convertiría en un multipremiado complejo, presente cada año en los primeros puestos del ranquin de los Mejores Hoteles de Europa. “Fue en 2009 cuando abrió sus puertas dentro de un terreno de 215 hectáreas tapizado de olivos centenarios”, me cuenta Magdalena Sánchez, directora del departamento comercial, en un paseo lento por los jardines que llevan el sello de Gerald Huggan. “Este nombre, aunque puede no decir mucho, está presente también en el paisajismo del mismo palacio de Buckingham”, me aclara, como en una especie de chisme real, mientras la brisa airea la fragancia de las rosas, los lirios y las azucenas. Al paso aparecen las tres esplendorosas piscinas (una cuarta es interior) que se funden con el paisaje. Por si fuera poco, el resort cuenta con un Beach Club para que los huéspedes disfruten de la playa en un ambiente tan exclusivo que cada una de las hamacas se encuentra a cinco metros de la siguiente. Al fondo, se adivina inmenso el campo de golf, que está reconocido por tener los mejores greens del sur del país. “Lo que no hay es nada que haga ruido, ni siquiera burbujas ni agua que se desploma, para mantener la paz del lugar”, sentencia Magdalena.

Esa paz tan natural que ralentiza hasta las pulsaciones. Esa paz que se prolonga en el interior, donde me maravilla la conjunción de estilos y de épocas dentro de la elegancia y el buen gusto. Es, claro, el influjo de dos de las más grandes figuras del diseño y la decoración: el portugués Duarte Pinto Coelho, que ya en los años 40 se codeaba con Coco Chanel y Salvador Dalí, y el español Lorenzo Castillo, cuyo gusto ecléctico, fresco y hasta intelectual es codiciado por las grandes fortunas mundiales. Poco me cuesta apreciar ese toque ibérico mientras recorro las estancias comunes bañadas de cal y de sol. Los azulejos pintados a mano, los suelos de terracota, los tapices antiguos, las puertas de madera labrada y hasta ese extravagante salón de té que encargaron hacer a medida a los artesanos restauradores de la Alhambra. Después, en mi habitación, una de las 67 suites de las que consta el hotel, seguiré descubriendo detalles (esas texturas, esos materiales nobles…) hasta asomarme por fin a la terraza y divisar pletórica la Sierra Bermeja, llamada así por su tonalidad cobriza que combina magistralmente con el azul cobalto del mar. También la naturaleza sabe de estilismos cromáticos.
Es hora de comer y en este hotel todo es tan apetecible que cuesta decidir. ¿Alguna delicia italiana en Don Giovanni bajo la asesoría del chef Andrea Tumbarello? ¿O la irresistible fusión japo-mediterránea de REI, liderada por el chef Luis Olarra? Tal vez mejor la cocina española tradicional de El Jardín de Lutz que propone el chef ejecutivo Lutz Bösing, de origen alemán, pero formado en grandes templos gastronómicos de Cataluña y Granada. “La cuestión es sacar lo mejor de cada cocina, aunque yo apuesto por lo clásico, eso sí, armonizado con guiños de mi herencia centroeuropea. El reto no es innovar, sino conservar. Si perdemos las recetas de las abuelas, perdemos nuestra identidad”, me explica, mientras por la mesa desfila, entre otros manjares, un bogavante al ajillo con huevo frito y patatas con umami de ostra, y un canelón de col rizada con trufa y demi glace de verduras. Bendita armonía, pienso, tras semejante festín.



Finca Cortesín es lo que se llama, no sin cierto esnobismo, un destino itself. Se puede agotar toda la estancia sin necesidad de salir de sus límites. Y sin ningún remordimiento. Dejar pasar el tiempo en la piscina o entregarse a la lectura en la biblioteca. O asistir a o de una lección de yoga y meditación en el centro Arani. O darse el capricho de un tratamiento en el spa de 2.200 m² con maestros especializados en técnicas exóticas. También se puede emplear el tiempo en curiosear por la especie de aldea que conforman las villas privadas de lujo extremo, donde hay una galería de arte y una boutique de ropa con diseños de Fedeli, Ama Pure y Amato Daniele.
Pero, puertas afuera, este rincón de la Costa del Sol tiene mucho que ofrecer precisamente porque no se parece a la Costa del Sol. Porque ha quedado libre de aquel urbanismo salvaje al que se vio sometido parte del litoral bajo la oronda sombra del pelotazo. Aquí, en este tramo indefinido entre Marbella y Sotogrande, en este territorio ya fronterizo con la provincia de Cádiz, el entorno se mantiene intacto. Y entre las carreteras que dibujan un sinfín de curvas, dormitan pueblos encalados en los que la vida discurre con autenticidad serrana.
Casares es uno de ellos, al que me dirijo en los albores de esta tarde perezosa. Por el camino, casi ocultas entre la vegetación, van apareciendo pequeñas ventas que, como se decía antaño, invitan al viajero a hacer una parada para el descanso y avituallamiento. Venta García, Venta Victoria, Venta Arroyo Hondo, todas con su ambiente rústico y su cocina casera en la que destaca, como plato estrella, el chivo lechal malagueño. Es ésta una tierra de cabras y, por ende, de un queso delicioso como el de Crestellina, donde la misma familia lleva pastoreando y elaborando este producto desde 1930. Juan Ocaña, al frente hoy de la cuarta generación, me recibe rodeado de su rebaño en esta apetitosa quesería que es, además, tienda, museo y lo que llaman un cheese bar para hacer catas, degustaciones, talleres… “No me gusta el anglicismo, pero se trata de eso: de un espacio para actividades que pretenden acercar el campo a la ciudadanía de una manera respetuosa, puesto que esto no es un zoo sino una granja en producción”, me explica. Actividades que convierten a los grupos de visitantes en cabreros y queseros por un día. “Se contempla al ganado feliz, se ordeña con las manos y cada cual hace su propio queso”, añade, no sin dejar escapar cierta preocupación porque la cabra payoya, “esta especie autóctona rústica y corpulenta, se encuentra en peligro de extinción”. O, más bien, matiza, “se encuentra el ganadero”, puesto que este oficio está languideciendo frente a la apisonadora de los servicios que demanda la Costa del Sol.


Desde Crestellina, que toma el nombre de una de las tres sierras del lugar, junto a Sierra Bermeja y Sierra Utrera, es corta la distancia a Casares, que aparece ante mis ojos como una estampa irreal. De pronto me encuentro en un típico caserío andaluz arrebujado sobre un cerro que mira al mar, pero no lo toca. En un entramado sinuoso y de arquitectura cúbica, que tiene un puesto de honor en el club de los pueblos más bonitos de España. Tan bonito, que a veces abruma, así como su blancura a veces deslumbra taladrada por el sol de la tarde.
Casares es un pueblo de carácter aguerrido, como muestra su estructura defensiva y su resistencia histórica a todo tipo de invasiones, incluida la del progreso. Es también la cuna de Blas Infante, el poeta que alumbró el sentimiento andalucista precisamente en este enclave agrícola y deprimido, en el que advirtió las primeras injusticias contra el campesinado. El que fuera asímismo ensayista, notario, abogado y político apostó por una igualdad que pasaba por “abolir el latifundismo, eliminar el caciquismo y hacer un pueblo más justo, donde la cultura y la educación, la sanidad y la historia, sean sus pilares”, como dejó para la posteridad en un ideario que hoy parece más vigente que nunca. A su memoria está consagrado un museo en su casa natal, donde además de desgranar los vericuetos de su pensamiento, se organizan exposiciones de artistas locales. Es, tal vez, el monumento más visitado, junto a la Iglesia de la Encarnación, del siglo XVI, y el castillo erigido por los musulmanes en la parte más alta del macizo. También hay quien se acerca a los Baños de la Hedionda, de agua sulfurosa, donde la leyenda cuenta que el mismo Julio César encontró alivio a una dolencia de la piel.
Mi deseo, sin embargo, es caminar sin prisa y sin rumbo, perderme por la maraña de callejuelas, ascender por cuestas pronunciadísimas y asomarme a los miradores para ver las casas blancas desparramadas por la ladera y, en el horizonte, tras una cortina de pinos y acebuches, esa franja donde el Atlántico se funde con el Mediterráneo, esa porción de mar que nos une y nos separa de África. Así llego, casi sin fuerzas, al restaurante Sarmiento, donde Miguel ya tiene preparadas unas mollejas con reducción de oloroso, puré de raíces y tirabeques salteados. Es el restaurante referencia del lugar, “especializado en las brasas con protagonismo al producto local, sin maquillaje, y a los vinos andaluces”, me cuenta quien es uno de los dos hermanos (el otro es Juan Diego) que lo comandan. Ojalá ese territorio se mantenga también siempre así, sin artificios, pienso al brindar, mientras el sol se esconde y la noche se enciende con la trémula luz de los faroles.








