
A unas dos horas al noreste de Minneapolis, Stout’s Island Lodge vuelve a abrir sus puertas este mayo con una propuesta que mezcla naturaleza, historia y desconexión total.
Ubicado en una isla privada de casi cinco hectáreas en Wisconsin, el hotel cuenta con 40 habitaciones, todas diferentes entre sí. Algunas conservan porches con mosquiteros y ventanas panorámicas; otras incluyen salas de estar, estufas de leña o muebles antiguos que refuerzan la sensación de estar entrando a otro momento en el tiempo. Para grupos más grandes, también hay cabañas con varias habitaciones.
Y sí, llegar al hotel también forma parte de la experiencia.
Los huéspedes deben tomar un ferry desde Shore House, con salidas cada hora entre las 7:50 a.m. y las 10:00 p.m. El recorrido dura apenas 10 minutos, pero funciona como esa pequeña transición mental entre “vida normal” y “modo desconexión”.

Una vez en la isla, las actividades giran completamente alrededor de la naturaleza y el aire libre. Hay kayak, piragüismo, pesca, hidropedales y zonas para nadar, además de espacios para jugar bádminton, croquet, tenis, petanca y otros juegos clásicos que se sienten casi imposibles de encontrar en hoteles modernos.
También hay un laberinto para caminatas meditativas en la parte sur de la isla y un sendero natural que atraviesa otra pequeña sección conectada por puente.
Cuando cae la tarde, el plan cambia de ritmo: billar, ping-pong, juegos de mesa y una biblioteca dentro del lodge principal hacen que el lugar se sienta más como una casa familiar enorme que como un hotel convencional.
El restaurante del hotel sirve desayuno, comida y cena con un menú enfocado en cocina regional y productos locales, incluyendo ingredientes cultivados en la propia huerta del alojamiento.
La historia del lugar también es parte importante de su identidad. La isla perteneció al magnate maderero Frank D. Stout, quien adquirió la propiedad a finales del siglo XIX. El primer lodge se construyó en 1903 inspirado en los campamentos Adirondack, aunque años después fue reemplazado por el edificio actual, levantado con troncos de cedro de Idaho y madera de secuoya de California.
Incluso el puente que conecta las dos partes de la isla fue un regalo de Andrew Carnegie.
Hoy, más de un siglo después, el lugar sigue funcionando como un escape silencioso rodeado de bosque y lago, ideal para quienes buscan desaparecer unos días del ruido digital.







