¿A qué suena y sabe New Orleans?

Hay algo que explica claramente la concepción y trascendencia de una ciudad como New Orleans. Mientras gran parte de las terminales aéreas del mundo llevan nombres de expre­sidentes, militares o figuras políticas, aquí el viajero aterriza en el Louis Armstrong New Orleans International Airport. No es un detalle menor. La ciudad decidió nombrar su puerta de entrada en honor a un músico afroamericano, a un trompetista, a una de las figuras más influ­yentes en la historia del jazz. Desde ese primer momento Nueva Orleans nos declara que la música es la identidad de la ciudad.

Está en los músicos callejeros sobre Royal Street, en los pequeños clubes de French­men Street, en los bares históricos del French Quarter, en una misa católica con espíritu de gospel un domingo por la mañana o incluso en el sonido lejano de una trompeta que parece escaparse de cualquier balcón. Lo interesante es que New Orleans también consigue sentirse cercana y hospitalaria para todos. Es común encontrar niños escuchando jazz en vivo junto a sus padres, familias caminando por Jackson Square o compartiendo mesas en restaurantes históricos mientras la ciudad continúa sonando alrededor de ellos.

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Pocas ciudades en Estados Unidos conservan una relación tan cercana con su propia cultura. Conforme recorría New Orleans, tenía la sensación de entrar a una ciudad que todavía vive bajo sus propios códigos. La comida sigue profundamente ligada a sus raíces criollas, francesas, españolas, africanas y caribeñas, mientras la arquitectura recuerda constantemente la mezcla de culturas que han pasado por aquí durante siglos. Graziella, mi guía oficial durante parte del recorrido, me iba señalando detalles que normalmente pasarían desapercibidos: patios interiores escondidos, balcones de hierro forjado, edi­ficios centenarios y pequeñas historias que ayudan a entender por qué la ciudad se siente tan distinta al resto de Estados Unidos.

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Hospedarme en The Roosevelt New Orleans también ayudó a entrar rápidamente en esa atmósfera. Hay hoteles históricos y luego está The Roosevelt, donde parece que parte de la me­moria cultural de la ciudad sigue suspendida entre sus pasillos, lámparas y columnas. Por aquí pasaron el propio Armstrong, Ray Charles y generaciones enteras de músicos, artistas y figu­ras públicas. Incluso cuando el hotel está en silencio, se siente conectado con el ritmo clásico de New Orleans.

Y casi siempre es la música la que termina marcando el reco­rrido. Por la noche llegué a Frenchmen Street, probablemente la calle más auténticamente musical de la ciudad. A diferencia de Bourbon Street, donde todo se siente más pensado para el turismo, aquí la experiencia es mucho más natural. Los clubes son pequeños, íntimos, imperfectos. En una misma noche pue­des escuchar jazz tradicional, soul, funk y brass bands locales mientras músicos, residentes y viajeros terminan mezclándose sin demasiada distancia entre ellos.

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La noche comenzó en Peacock Room, dentro del Kimpton Hotel Fontenot. Entre mosaicos, cocteles y música en vivo, el lugar resume muy bien esa combinación entre elegancia y desenfado que define a New Orleans.

Más tarde llegué a Preservation Hall, probablemente el lugar donde mejor se entiende la dimensión cultural del jazz en la ciudad. El espacio es pequeño y deliberadamente antiguo. No hay grandes efectos ni distracciones. Solo músicos locales interpretando jazz tradicional en un recinto que desde 1961 se ha dedicado a preservar una de las expresiones culturales más importantes de Estados Unidos. Aquí no está permitido grabar o tomar fotografías; el lugar funciona casi como un pequeño santuario donde músicos y asistentes fortalecen su relación con el jazz.

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La experiencia cambia completamente dentro de Omni Royal Orleans Hotel, donde el recién inaugurado Three Maries Jazz Club ofrece una versión mucho más sofisticada y elegante de la escena musical de la ciudad. Entre iluminación tenue, exquisita coctelería clásica y una atmósfera seductora, el club retoma la herencia multicultural y musical de New Orleans dentro de un espacio que recuerda el glamour histórico del French Quarter.

La gastronomía sigue la misma lógica de New Orleans, borrando cualquier obsesión por las tendencias pasajeras. Los restaurantes funcionan más desde la tradición, la memoria y el carácter propio. Durante mi vista, reconocí cómo Brennan’s sigue siendo una institución de la cocina criolla contemporánea.

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El edificio conserva la elegancia clásica del French Quarter, construido en 1795 por Vincent Rillieux, bisabuelo del célebre artista francés Edgar Degas, mientras la cocina mantiene recetas históricas que han evolucionado con el tiempo sin perder identidad.

El tradicional sabering (técnica de abrir un espumoso con un sable) de los viernes por la tarde convierte el patio interior en una celebración elegante, relajada y muy local. El gerente tuvo la amabilidad de llevarme a recorrer su cava, la segunda más extensa del sur de Estados Unidos (reuniendo alrededor de 20,000 etiquetas) y reconocida por publicaciones especializadas.

Muy cerca de ahí, Muriel’s ofrece una experiencia gastronómica igual de elevada y totalmente ligada al espíritu de la ciudad; el restaurante mezcla cocina criolla contemporánea con una atmósfera cargada de historia y cierto misterio que parece inevitable dentro del French Quarter.

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Jackson Square continúa funcionando como el corazón simbólico de la ciudad, rodeada por músicos callejeros, artistas, edificios históricos y carruajes que avanzan lentamente entre peatones y turistas. Muy cerca, los históricos streetcars siguen recorriendo Canal Street como si la ciudad hubiera encontrado la forma de conservar parte de su pasado dentro de la rutina diaria.

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Los beignets terminaron convirtiéndose en una parada obligatoria del viaje, ya fuera en Café Beignet o en Café du Monde, donde desde 1862 el café con chicoria y el azúcar glas forman parte inseparable de la experiencia local.

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Uno de los momentos más interesantes del recorrido ocurrió dentro de JAMNOLA, la experiencia inmersiva creada junto a más de 30 artistas locales que reinterpretan la cultura visual de la ciudad. El recorrido fue guiado personalmente por Jonny Liss, confundador del proyecto, quien intensamente me explicó cómo buena parte de la identidad musical de New Orleans nació durante la esclavitud, particularmente en los círculos de tambores que comunidades afroamericanas realizaban los domingos.

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Mientras avanzábamos, Jonny iba conectando distintas historias de la ciudad con las piezas creadas por artistas locales. Me habló de los Mardi Gras Indians, de las tradiciones nacidas en los pantanos de Louisiana y de cómo el arte sigue funcionando como una herramienta de memoria cultural dentro de New Orleans.

Muchas de las obras fueron creadas con materiales profundamente ligados a la ciudad: agujas de ciprés extraídas de los pantanos, vinilos derretidos provenientes de la última fábrica local de discos y referencias constantes al jazz, al gumbo, al Mardi Gras y a los barrios históricos. Más que una exhibición interactiva, JAMNOLA termina funcionando como una interpretación contemporánea del espíritu creativo de New Orleans hecha por la propia comunidad artística local.

Otro de los lugares que ayuda a apreciar la identidad cultural de la ciudad es The Sazerac House, donde la historia del famoso coctel Sazerac sirve como punto de partida para explicar cómo New Orleans ayudó a moldear parte de la cultura de la coctelería en Estados Unidos.

La dimensión artística de la ciudad también aparece en New Orleans Museum of Art y dentro de New Orleans City Park, donde enormes robles cubiertos de musgo crean uno de los paisajes urbanos más cinematográficos del sur estadounidense. Después de varios días recorriendo la ciudad, el parque se siente como una pausa necesaria a tan solo quince minutos en auto del centro.

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Y justo al cerrar el viaje, ocurrió un momento revelador al interior de St. Augustine Catholic Church. Durante la Jazz Mass, catolicismo, gospel, jazz, espiritualidad y comunidad conviven bajo el mismo techo de una manera completamente natural. Ahí terminé de comprender que la ciudad simplemente gira alrededor de su música.