De noche, cuando el sol se oculta tras las montañas de Atacama, el paisaje terrenal de salares y terracotas se desvanece para dar paso al espectáculo más antiguo del universo: la contemplación del cielo. Esa pausa ancestral que nos invita a levantar la mirada y sepultar en el olvido nuestra capacidad de permanecer imperturbables. Ese ejercicio que nos enrostra que, aunque hayamos estado distraídos, allí afuera siempre habrá algo que permanezca encendido.
No es casualidad que este rincón de Chile sea considerado uno de los mejores lugares del mundo para la observación astronómica. Tampoco que las agencias científicas más importantes del planeta hayan construido aquí sus mega-telescopios, como el radiotelescopio ALMA.
Si aún no sabes por qué el desierto de Atacama es el lugar ideal para observar estrellas, la respuesta está una combinación de factores geográficos, atmosféricos y culturales. Esta región cuenta con más de 300 noches despejadas al año y una sequedad extrema que elimina la humedad del aire, garantizando una atmósfera excepcionalmente nítida. Su gran altitud y el aislamiento de las luces urbanas reducen al mínimo la distorsión del aire y la contaminación lumínica, permitiendo ver la Vía Láctea a simple vista con claridad milimétrica. Además, la experiencia se enriquece gracias a la cosmovisión atacameña (Lickanantay), que integra la interpretación cultural de las constelaciones oscuras y la historia local con la observación científica.
Para vivir esta experiencia en una de sus formas más exclusivas, me hospedé en Nayara Alto Atacama. Allí, resguardado por las imponentes paredes rojizas de la cordillera de la Sal, se encuentra el Observatorio Ckepi —cuyo nombre significa “ojo” en la ancestral lengua kunza—, un observatorio privado que promete una conexión íntima con el firmamento, lejos de los circuitos turísticos masivos.
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Completamente a oscuras en Ckepi
La experiencia comienza con una caminata hacia una colina a metros del hotel, en cuya cima aguarda una hilera de reposeras o tumbonas en las que nos recostaremos envueltos en ponchos bajo la indicación de respetar una regla inquebrantable: apagar toda luz blanca brillante.
En Atacama, la oscuridad es un recurso protegido. A medida que los ojos se adaptan a la penumbra, el cielo se despliega no como un techo negro, sino como una densa autopista de polvo cósmico y destellos plateados. Guiados por Adolfo, el experto astronómico del hotel Nayara Alto Atacama —quien lleva siete años descifrando estos cielos para los viajeros—, la sesión se convierte en un viaje antropológico y científico. Sin grandes tecnologías mediadoras, apuntando al firmamento con un puntero láser, aprendemos a reconocer el sur geográfico a través de la Cruz del Sur. «En mayo y durante los meses de invierno, la Cruz del Sur se posiciona de forma absolutamente vertical. Es el momento perfecto del año para usarla como una flecha natural que apunta directo a la tierra, marcando el sur sobre los cerros», nos explica, mientras calibra el equipo.


De Escorpión a las Nubes de Magallanes: joyas del cielo invernal
A diferencia del verano, el invierno en Atacama ofrece la atmósfera más seca y nítida del año. Sin humedad ni nubes en el aire, el cielo nocturno alcanza una nitidez casi irreal, convirtiendo a los meses de mayo a octubre en la temporada favorita para la astrofotografía y la observación directa.
Apuntando hacia el este, sobre la silueta imponente de los Andes, emerge Scorpius. A diferencia de otras constelaciones abstractas, el Escorpión se dibuja con una claridad sobrecogedora en esta época: cinco estrellas alineadas forman su cabeza, sus pinzas se abren hacia los lados y su cola serpentea de forma nítida en el firmamento. En el centro de la silueta brilla con un tono ligeramente anaranjado Antares, una supergigante roja conocida como el corazón del escorpión.
Mirando a través del potente telescopio catadióptrico del observatorio —que combina lentes y espejos con una magnificación asombrosa—, los puntos fijos del cielo se transforman en sistemas complejos:
- Alpha Centauri: el sistema estelar triple más cercano a nuestro planeta, a solo 4.3 años luz.
- Omega Centauri: un impresionante cúmulo globular a 17,000 años luz de distancia, donde cientos de miles de estrellas se concentran en un núcleo superdenso que brilla como polvo de diamantes.
- La Gran Nube de Magallanes: una galaxia enana satélite que orbita la Vía Láctea, visible como una bruma cósmica suspendida sobre el horizonte de Atacama.
El despertar de los planetas
Hacia el final de la noche, el guía nos regala un secreto para los viajeros que planean madrugar al día siguiente para visitar los Geysers del Tatio: «Si se despiertan antes del amanecer, miren hacia el este, sobre la Cordillera de los Andes. En este momento del año, Marte, Saturno y Mercurio se alinean de forma muy brillante antes de que salga el sol».
Regresar a la suite de Nayara Alto Atacama bajo un manto de estrellas extinguidas hace millones de años deja una certeza implacable: lujo es (poder) pausar el tiempo, mirar el cielo abrumador y desterrar el nihilismo cotidiano.
nayara alto atacama
¿Dónde hospedarse?: En Nayara Alto Atacama, un resort de lujo sustentable perfectamente mimetizado con el entorno del Valle de San Pedro. El hotel ofrece la experiencia de astroturismo en Ckepi de forma exclusiva para sus huéspedes.
Mejor época para viajar a Atacama para astroturismo: Los meses de invierno chileno (mayo a octubre). La atmósfera seca garantiza cielos despejados y la Vía Láctea se muestra en su máximo esplendor.
Qué llevar: Ropa térmica de alta montaña. Las noches de invierno en el desierto son extremadamente frías, pero la recompensa visual vale cada grado bajo cero.








