Fogón Asado: la Argentina al calor de las brasas

Nacido como una forma de acercar la tradición culinaria local a los viajeros, Fogón Asado sostiene el fuego como centro de una propuesta que también empieza a mirar hacia el origen: los cortes, los productores, la trazabilidad y el lugar que puede ocupar la cocina de carne argentina en el mundo.

En Fogón Asado, todo sucede alrededor del carbón encendido. Detrás de la fachada de una casona de Palermo, la parrilla no está al fondo ni escondida detrás de una puerta de cocina: queda a la vista, a pocos metros de los comensales, y funciona como centro de una experiencia que se mira, se huele y se escucha antes de degustarse. Frente al fuego, los cortes son preparados, explicados y servidos en una secuencia que vuelve cercano un ritual muchas veces reservado al ámbito doméstico e íntimo. Hay humo, hay vino, hay cuchillos, hay conversación. También hay una decisión clara: llevar una ceremonia profundamente argentina a un formato contemporáneo, sin perder aquello que la vuelve reconocible.

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La propuesta nació hace ocho años a partir de una intuición sencilla pero potente: muchos turistas llegaban a Buenos Aires con el deseo de entender el asado, pero sin acceso a su forma más cotidiana. Porque el asado argentino, antes que un plato, es una ceremonia compartida. Pasa en una casa, en un patio, en una terraza, en una quinta. Tiene espera, sobremesa, comentarios alrededor del fuego, cortes que aparecen de a poco, copas que se vuelven a llenar y un oficio que en la Argentina muchas veces se aprende mirando: el asador sabe cuándo mover una pieza, cuándo dejarla quieta, cuándo cortar, cuándo servir.

Fogón no intenta copiar literalmente esa escena, pero sí la traduce. Toma sus elementos centrales —el fuego, la carne, el vino, la reunión— y los lleva a un restaurante donde cada paso permite mirar de cerca algo que, en la vida cotidiana argentina, suele suceder entre familiares y amigos. En esa operación aparece buena parte de su identidad: no se trata solo de comer carne, sino de entrar en una cultura a través de sus gestos. Mirar la parrilla, esperar, escuchar al parrillero, compartir una botella, recibir un corte recién salido de las brasas: todo forma parte del mismo lenguaje. Hasta el sifón de soda, otro de los emblemas de la mesa rioplatense, dice presente.

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Una experiencia pensada para entrar en la cultura argentina

“Fogón nació en 2018 con la idea de reinterpretar la cocina de fuego local”, cuenta Alex Pels, fundador del proyecto. La intención inicial era tomar los cortes tradicionales del asado y trabajarlos desde otra mirada, con el fuego y el chef nuevamente en el centro de la experiencia. Con el tiempo, ese formato encontró una respuesta fuerte en el turismo internacional: visitantes que querían descubrir la gastronomía argentina no solo desde lo que se come, sino también desde la forma en que ese ritual se organiza alrededor de la mesa.

En ese sentido, Fogón funcionó durante sus primeros años como una puerta de entrada a una forma argentina de comer y reunirse. Para quien no podía vivir un asado en una casa, el restaurante ofrecía una aproximación posible a ese universo: una barra, una parrilla abierta, una secuencia de pasos, vinos locales y una explicación directa sobre cortes, técnicas y costumbres. Así, la experiencia volvía accesible algo que para los argentinos muchas veces resulta natural.

Pero esa traducción no se apoya únicamente en explicar qué corte llega al plato o cómo se cocina. También aparece en la atmósfera, en la cercanía con quien cocina y en la forma en que cada producto compone un recorrido por el país. En Fogón, de algún modo, se come la Argentina entera: humita norteña, langostino y pesca patagónica, caviar de trucha, cordero pampeano, quinoa, papines andinos, yerba mate, frutos rojos del sur, vinos nacionales. El menú no se limita a la carne vacuna ni a la imagen más previsible de la parrilla. Arma un mapa gastronómico donde distintas regiones, ingredientes y memorias aparecen reunidos alrededor del fuego.

Una mesa para turistas y porteños

Con los años, Fogón empezó a ocupar otro lugar. El proyecto sigue siendo especialmente atractivo para quienes visitan Buenos Aires, como lo muestran los reconocimientos de plataformas internacionales y la respuesta constante del público extranjero. Sin embargo, reducirlo a una experiencia para turistas sería perder de vista hacia dónde creció.

Pels apunta un cambio que considera central: el comensal argentino también empezó a mirar la carne de otra manera. Históricamente acostumbrado a vivir el asado en el ámbito privado, hoy sale más a descubrir restaurantes de carne. Pregunta por el producto, por los productores, por las técnicas, por las maduraciones y por las distintas formas de cocinar. Es un hecho: la escena gastronómica local volvió a mirar la parrilla con una curiosidad nueva.

Ese movimiento impactó en Fogón. “Hoy queremos ser, antes que nada, un restaurante de carnes argentino que represente lo mejor de nuestra cocina”, dice Pels. La frase marca un desplazamiento claro. El proyecto ya no se piensa únicamente como una experiencia diseñada para explicar el asado a quien llega de afuera, sino como una mesa en la que pueden encontrarse turistas y porteños, curiosos y conocedores, tradición argentina y mirada contemporánea.

Ahí se define su presente. Por un lado, Fogón sigue siendo una experiencia elegida por viajeros que buscan entender Buenos Aires a través de la carne y las brasas. Por otro, su crecimiento en rankings internacionales de restaurantes de carne lo ubica en una escena más exigente, donde el valor ya no se mide solo por la emoción de descubrir un ritual local, sino también por la consistencia, la técnica y la calidad del producto.

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Antes de llegar a la parrilla

Durante mucho tiempo, la excelencia de una parrilla argentina pareció descansar en dos pilares: buena carne y buen dominio del fuego. Ambos siguen siendo indispensables, pero hoy el estándar se amplió. En los mejores restaurantes de carne del mundo, explica Pels, el producto se piensa cada vez más en profundidad: quién lo produce, cómo fue criado el animal, cómo fue alimentado, qué trazabilidad tiene, qué tipo de maduración recibió y cómo cada decisión anterior a la cocina impacta en el resultado final.

Esa mirada se profundizó a partir de los viajes y colaboraciones internacionales del equipo. En agosto de 2025, Fogón cocinó en The Steak House, el restaurante del Regent Hong Kong, en una colaboración de tres noches que llevó el asado argentino a una mesa asiática de alto nivel. Para Pels, esa experiencia permitió ver de cerca cómo otras culturas gastronómicas trabajan la carne desde la investigación, la precisión y el conocimiento técnico.

La enseñanza no fue imitar esa precisión, sino dialogar con ella desde una identidad propia. Argentina tiene una relación emocional con la carne y el fuego que forma parte de su cultura. El asado no es solo una técnica; también es memoria, pertenencia y reunión. El desafío para Fogón es sumar conocimiento sobre producto, trazabilidad y productores sin perder esa naturalidad con la que el país entiende la parrilla.

“Cocinar una gran carne no empieza cuando se prende el fuego; empieza mucho antes, en el campo.” La frase de Pels condensa el giro actual del proyecto. Hablar de carne implica hablar también de productores, sistemas de alimentación, maduraciones y diversidad. Implica dejar de pensar el producto como un sello único y compacto para empezar a desmenuzar las historias concretas que hay detrás de cada corte.

Más allá del buen bife

La carne argentina tiene un prestigio construido durante décadas. Para muchos turistas, sigue siendo uno de los grandes motivos para sentarse a comer en Buenos Aires. Pero ese reconocimiento heredado también puede volverse una zona cómoda. Decir “carne argentina” ya no debería ser suficiente. El próximo paso, sugiere Fogón, es poder explicar por qué ese producto importa, cómo se produce, quiénes lo hacen posible y de qué manera puede dialogar con el mundo sin perder identidad.

“El siguiente desafío no es solamente cocinar mejor”, dice Pels. Para él, se trata de ayudar a construir una nueva forma de contar el universo de la carne en Argentina: una que no piense únicamente en el buen bife, sino también en productores extraordinarios, conocimiento, innovación y una cultura gastronómica capaz de participar con voz propia en una escena internacional.

En ese punto, Fogón encuentra una identidad precisa. No es solo una parrilla clásica ni una postal para visitantes. Tampoco busca despegarse del asado para parecer otra cosa. Su potencia está, justamente, en sostener el fuego como centro y, desde ahí, abrir nuevas preguntas sobre el producto, el origen y la manera de contar lo argentino.

Primero tradujo el asado para quienes llegaban de afuera. Ahora empuja una segunda lectura: que la carne argentina deje de funcionar solo como orgullo nacional y se lea también como un universo de origen, técnica, territorio y relato. En Fogón, el fuego sigue encendido, pero la conversación ya no termina en la parrilla.