
En la mayoría de las regiones de Estados Unidos, el follaje otoñal alcanza su máximo esplendor antes de noviembre. Sin embargo, en Aravaipa Canyon, al sur de Arizona, apenas comienza a desplegarse. A unas dos horas de Phoenix y Tucson, este imponente desfiladero de paredes rojizas, que recuerda al Parque Nacional Zion, esconde uno de los espectáculos naturales más extraordinarios —y menos conocidos— del suroeste del país.
Michigan: donde el otoño brilla sin multitudes
Aravaipa Creek, un arroyo que fluye durante todo el año, atraviesa el cañón y crea un oasis poco común en medio del desierto. Aravaipa es una palabra indígena utilizada principalmente por los apaches occidentales que significa «aguas que ríen». A lo largo de sus orillas, álamos, sicomoros, sauces y nogales se tiñen de tonos dorados y anaranjados desde mediados de noviembre hasta principios de diciembre. Durante mi visita más reciente, el follaje ya había superado ligeramente su punto máximo: algunos árboles estaban desnudos, mientras que otros dejaban caer sus hojas amarillas al ritmo del viento. El paisaje, sumado a la maravillosa ausencia de otros visitantes, transmite la sensación de encontrarse en una zona apartada y silenciosa de Zion.

Esa sensación de aislamiento se intensifica conforme avanzas. Aravaipa Canyon se extiende a lo largo de 12 millas (19 kilómetros), aunque muchos excursionistas que lo visitan por un día recorren solo algunos kilómetros antes de regresar. Algunos llevan varios vehículos para organizar un traslado entre los dos extremos de la ruta y realizar una caminata de un solo sentido; otros prefieren recorrer el cañón completo con una mochila y acampar en el camino, siempre que las condiciones climáticas y el acceso por carretera lo permitan.
Las rutas de tren más bonitas para hacer en otoño
Independientemente de cómo decidas explorarlo, tendrás que cruzar el arroyo, que alcanza aproximadamente la altura de las rodillas, decenas de veces y caminar dentro del agua durante largos tramos. Esto sucede, en buena medida, porque el cañón se estrecha tanto que no siempre existe otra alternativa. Lo ideal es llevar calzado impermeable para senderismo o calcetines de neopreno, aunque unos tenis convencionales para trail running también pueden funcionar. Yo utilicé calzado impermeable con calcetines de lana, mientras que mi acompañante optó por unos tenis de trail; ambos estuvimos cómodos.
Los bastones de senderismo son indispensables, incluso —y especialmente— si normalmente no los utilizas. El terreno del cañón es irregular y entrar y salir constantemente del arroyo puede volverlo resbaladizo.
El arroyo no solo mantiene la exuberante vegetación de Aravaipa y ofrece a los excursionistas una inusual fuente de agua dulce durante todo el año, sino que también crea el sorprendente contraste que caracteriza al cañón. Bajo la sombra de enormes sicomoros que crecen junto a sus orillas, es fácil olvidar que estás en el sur de Arizona, hasta que un cactus saguaro o un borrego cimarrón del desierto te recuerdan dónde estás.
El clima de finales de otoño hace que la experiencia sea todavía más agradable: las temperaturas máximas durante el día rondan los 21 °C, mientras que el agua se mantiene fresca, alrededor de los 10 °C.

La tranquilidad es otro de los grandes atractivos de Aravaipa. La Oficina de Administración de Tierras de Estados Unidos (Bureau of Land Management) limita el acceso al cañón mediante un sistema de permisos que permite la entrada de apenas 50 personas al día: 30 por el acceso del oeste y 20 por el del este, tanto para quienes realizan una caminata como para quienes acampan.
Los permisos se liberan de manera escalonada con 91 días de anticipación. Aunque conseguirlos es mucho más sencillo que para rutas famosas como The Wave o Phantom Ranch, pueden agotarse durante la temporada alta, que incluye marzo, abril y los meses de otoño. Los excursionistas pueden permanecer hasta dos noches y tres días, aunque necesitan obtener un permiso por cada día consecutivo de estancia.
El acceso occidental, al que se llega por un tramo de nueve millas (14.5 kilómetros) de camino de grava bien conservado, cerca del pequeño pueblo de Dudleyville, es, con diferencia, el más accesible. En cambio, la carretera que conduce al acceso oriental, mucho más remoto, suele inundarse y requiere un vehículo de mayor altura libre al suelo.
Desde cualquiera de las dos entradas, el cañón se revela kilómetro a kilómetro como un inesperado Edén en medio del desierto: un lugar donde el otoño permanece mucho después de haberse despedido de otros destinos y donde el silencio ocupa esos espacios a los que las multitudes nunca llegan.







