Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro

Kornelius se detiene frente a mí. En sus manos lleva una lanza o tombak de madera puntiaguda que lo sobrepasa en altura. Sin exagerar, el arma se aproxima a los dos metros de largo. Sobre su cabeza, una corona cónica hecha con cuero de cuscús, un pequeño marsupial de la región, de la que también afloran plumas de loro blanco. En su brazo izquierdo la tradicional pisua, una daga ceremonial hecha con hueso de casuario, el ave más peligrosa del mundo; el estandarte unívoco de los guerreros. De desearlo, Kornelius podría soltarla, clavarla en mi nuca y desangrarme en segundos.

DSC_0492-667x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro

Estoy en Uwus, una aldea Asmat a dos días de navegación de Kaimana, la ciudad más cercana a la que se puede volar en avión. Es una zona realmente remota, al menos para lo que estamos acostumbrados a mirar el mapa bajo el prisma eurocentrista. Hacia estas coordenadas viajó el antropólogo Michael Rockefeller, hijo del multimillonario Nelson Rockefeller, en 1961; y de la que nunca regresó. Desapareció acá, mientras estudiaba las costumbres de esta tribu, temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas. 

El propósito de su viaje era llevar de regreso al Museo de Arte Primitivo de Nueva York algunos ejemplos de las piezas escultóricas talladas en madera que ellos realizan, pero cuando su catamarán volcó en la desembocadura del río Betsj intentó nadar hasta la orilla para pedir ayuda y nunca más se lo vio. Algunos creen que los Asmat lo mataron y luego devoraron su cuerpo durante una ceremonia sagrada en venganza por los crímenes que cometieron otros “gringos”, unos holandeses que habían asesinado a algunos miembros de la comunidad poco tiempo atrás. Su destino, de todos modos, sigue siendo uno de los mayores enigmas antropológicos del siglo XX.

De caníbales a católicos

Volvamos a Kornelius, que se acerca a paso lento, arrastrando los pies sobre la estrecha plataforma que sirve para transitar por encima de los pantanos sobre los que se construyó este pueblo a la vera del río Bow. Sin mediar palabra se inclina y quita unos tablones rotos que bloquean la entrada a un templo construido íntegramente en madera. “Él es el jefe de la Iglesia Católica”, me señala Victor, uno de los guías que me trajo a conocer el interior de la aldea después de que presenciáramos una ceremonia en las orillas. 

Kornelius me mira de manera apacible, trascendiendo con su sonrisa modesta las tres barreras idiomáticas que limitan nuestro lenguaje. De la lengua asmat al bahasa indonesio, de este al inglés, para aterrizar al español. Cuánto sentido y cuánto sentimiento se perderá en esos filtros. Me conecto con sus ojos, rodeados por ese halo gris que tenían los de mi padre antes de morir y que transmitían una mezcla de autocompasión, ternura y cansancio. Las arrugas de su frente me hacen estimar que tiene más de sesenta años. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo se calcularán los ciclos de vida en estas latitudes? ¿Se podrán contar los surcos de su rostro como se cuentan los anillos en el tallo de un árbol?

Kornelius me señala un cartel que reza Gereka Katolik – Stasi St. Klaudius sobre las paredes de esta construcción. Tiene un portón colosal que da cuenta de la maestría para el tallado que poseen los Asmat. La llegada de misioneros católicos a mediados de los años cincuenta tuvo un rol decisivo en la conservación de ese arte y en el abandono de la guerra ritual y el canibalismo que ellos practicaban. Y, hay que decirlo, en que ya no exista el riesgo de que la daga de Kornelius se entierre en mi nuca.

DSC_0820-628x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Kornelius, jefe de la Iglesia. Crédito: Gloria Montanaro

Las prácticas caníbales asociadas a rituales de venganza a las que estaban acostumbrados eran una parte central de su cosmología. Pero entre 1958 y 1970 los misioneros, junto con la administración holandesa, trabajaron para prohibirlas a través de la introducción de escuelas, catequesis y bautismos. Hoy muchos de los Asmat adoptaron un sincretismo que combina catolicismo con creencias ancestrales.

Cuando agudizo la mirada, no es raro encontrar sobre el pecho de los hombres algún rosario colgando. También el uso de cruces en sus vinchas ceremoniales. 

DSC_0690-650x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Líder de la aldea Uwus porta una vincha con plumaje de casuario y loro blanco, y un ornamento nasal llamado bipane, símbolo de ferocidad y estatus guerrero. Crédito: Gloria Montanaro

Un destino remoto

Para llegar hasta Asmat, volé primero a Yakarta y de ahí tomé otro vuelo de casi cinco horas hasta Sorong, capital de Papúa Suroccidental. La mayoría de turistas que llegan hasta aquí lo hacen en busca de excursiones de buceo, porque esta ciudad es la puerta de entrada a Raja Ampat, la “joya” del Triángulo de Coral, una de las zonas marinas con mayor biodiversidad del planeta. 

Tras una noche en Sorong me subo a un avión pequeño propulsado por dos motores turbohélice de Wings Air para llegar hasta Kaimana. La fama de caníbales que les precede a los Asmat me asusta menos que la reputación de la aerolínea. Pero el miedo me impulsa a hablar con otros pasajeros a quienes no parece preocuparles las condiciones de la nave. Los siete más cercanos resultaron ser mis próximos compañeros de navegación a bordo del crucero Aqua Blu, de Aqua Expeditions. 

Aqua-Blu-Exterior-07-1000x563 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Aqua Blu, de Aqua Expeditions. Cortesía

Conozco a Irene y Nadia, dos amigas de mediana edad que vacacionan de sus trabajos en ONG’s humanitarias, y que con su calidez me harán sentir mucho más cerca de casa. También a Jim y su familia, un veterano de guerra estadounidense que acaba de cumplir ochenta años y regresa después de dos décadas a Nueva Guinea exclusivamente a visitar tribus. A Gabriela, directora de marketing de la empresa de cruceros, y a Sven, su esposo, quienes aprovechan este recorrido inaugural para conocer la región y descansar un poco. Un grupo amigable que hará que los días y noches a bordo del Aqua Blu sean entretenidos, interesantes e íntimos.

Aterrizamos -afortunadamente- con un cielo azul con nubes dibujadas a mano alzada. El aeropuerto es pequeño pero funcional. Allí nos da la bienvenida Kaz, guía de la compañía, para acompañarnos hasta el puerto.

Mientras avanzamos por la ruta, Kaz comienza a hacer una introducción sobre los pueblos de la región. En la isla de Nueva Guinea habitan más de mil grupos indígenas y se hablan más de 800 lenguas. Aprovecho para preguntarle por el Movimiento Papua Libre, la organización separatista que busca la autodeterminación e independencia de Indonesia, pero él prefiere evitar profundizar sobre un tema con tanto peso político. De todas formas los rebeldes, indica, no están activos en las ciudades y zonas costeras más accesibles, sino en áreas remotas de las selvas y montañas.

Para que nos ubiquemos: la región de Asmat está en la parte occidental de la isla Nueva Guinea, denominada Papúa. En 1963, estos territorios, anteriormente bajo dominio colonial neerlandés, fueron transferidos a Indonesia bajo supervisión de la ONU. En 1969, tras el referéndum llamado “Acta de Libre Elección”, se integraron formalmente al país. Aunque Papúa es considerada políticamente indonesia, geográficamente forma parte de Oceanía. Sus primeros pobladores fueron los ancestros de los actuales pueblos melanesios, que llegaron a la isla hace más de 40 mil años y dieron origen a una de las culturas más antiguas y diversas del Pacífico.

DSC_0538-667x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro

Nadar mar adentro

Desde Kaimana hasta Asmat hay una distancia navegable de 500 kilómetros, o dos días. Durante ese tiempo atravesando el Mar de Arafura hacemos excursiones y actividades que pondrán de manifiesto las maravillas naturales de esta parte del planeta.

Llegar hasta los confines del mundo no es fácil, pero recompensa.

El primer día amanezco, y desde la cama de mi camarote se alcanza a ver el manto blanco de la cascada Kiti Kiti, una de las poquísimas en el mundo que caen directamente al océano. Cuando el mar sube, el agua dulce golpea con fuerza las olas turquesas; cuando baja, revela una playa virgen que permite caminar bajo su cortina. Después de desayunar salimos a su encuentro en lancha. La marea está alta. El rugido de la caída nos alcanza a medida que nos acercamos. Nos arrojamos al agua y la corriente nos aparta de la caída. Es difícil llegar, pero finalmente lo logramos y el chorro de agua helada nos despabila y llena de adrenalina.

DSC_0203-667x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Cortesía

También hacemos salidas de snorkel y buceo por los arrecifes de Momon y Cape Papisol. Nos sumergimos en este inframundo azulado habitado por incontables especies de peces, como fusileros de cola amarilla; peces león, arcoíris, trompeta; meros Napoleón y morenas gigantes. También corales y otros invertebrados como gusanos árbol de Navidad y gorgonias plumosas. 

Por mucho tiempo no veremos otros barcos en el horizonte. Solo el azul del cielo que se despega del mar únicamente por las nubes.

Aqua-Blu-Exterior-01-1000x563 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Cortesía

Durante el último atardecer antes de llegar a la costa de Asmat el crucero se detiene en altamar y el capitán nos invita a saltar desde la popa. Jim, valiente, se arroja desde el segundo piso; nosotras, desde la plataforma de baño. El oleaje es fuerte, y la sensación de ser mecida por el mar es tan agradable que al día siguiente Irene, Nadia y yo pedimos a la tripulación repetir la experiencia. Pero se niegan; aluden que estamos dentro del hábitat del cocodrilo marino. Soy malpensante y a priori creo que son excusas, pero basta con hacer una búsqueda rápida en internet para aprender que el reptil viviente más grande del mundo habita en estuarios (desembocaduras de un río en el mar) de zonas costeras del Indopacífico. Precisamente donde estamos. Además de ser un apex predator, el cocodrilo marino es capaz de recorrer largas distancias en mar abierto. Veo imágenes. Siento escalofríos.

Territorio de artesanos

Una vez en la Bahía Flamingo, el crucero ancla y el paisaje de mar abierto al que nos habíamos acostumbrado se pone en pausa. 

Al despertarme veo gotas de agua sobre la cubierta exterior. Estamos en noviembre, el mes en que comienza la época de lluvia. Aunque las precipitaciones no llegan a ser tan abundantes como en el Sudeste Asiático, nos obliga a salir en las lanchas, río arriba, con ponchos de agua. 

Navegamos dos horas por el río Lorentz para llegar hasta Yuan Yufri, la primera de las tres aldeas que visitaremos en el viaje.

La región de Asmat se extiende por unos 20 mil kilómetros cuadrados de manglares y pantanos —un territorio del tamaño de Gales o Eslovenia— donde se asientan unas 225 aldeas. La comunidad de Yuan Yufri pertenece al clan Joerat, uno de los 12 que conforman la tribu; un rincón tan remoto que, según nos cuentan los guías, no recibía visitas desde hacía 10 años.

El río aquí se mantiene ancho y el cielo gris, pero la lluvia comienza a escampar. Me mantengo vigilante desde la proa de la lancha. De golpe, desde la orilla y debajo de los mangles emergen un centenar de hombres  en canoas entonando un canto gutural y ecolálico: una serie de ‘o, o, o, o’ repetidos con fuerza, un eco rítmico que resuena contra el agua y la selva. Golpean sus remos al compás. Sus cuerpos están pintados con puntos blancos y en su cadera, faldas hechas con raíces. Uno de los líderes levanta su arco y apunta su flecha hacia el cielo. Otro mueve su cadera en una danza frenética. Algunos niños observan agazapados desde el piso de las canoas. Se acercan. Nos rodean. Buscan intimidarnos, y lo logran. Algunos se ríen al advertir el efecto. 

DSC_0639-1000x484 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro
DSC_0611-882x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro

Sobre el muelle aguardan las mujeres y más niños. Bailan. Mueven el vientre y la cadera como si fuera un látigo. Aparecen en escena los tamboreros. La comunidad los rodea y Yuan Yufri comienza a latir al ritmo de su leyenda fundacional, la de Fumeripitsj, el primer escultor y creador de la humanidad. 

DSC_0734-1000x662 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro

Dice la mitología que Fumeripitsj nació de un tronco que las aguas depositaron en la costa. Al encontrarse solo en un mundo silencioso, comenzó a tallar madera: primero creó tambores tifa, decorados y tensados con piel de animal. Pero luego, al tocarlos, no obtuvo sonido alguno. Todavía no existían otros seres capaces de responder a su música. Entonces Fumeripitsj decidió tallar figuras humanas, reproduciendo en la madera las formas que imaginaba como compañía. Cuando terminó su trabajo se colocó frente a ellas y golpeó los tambores con toda su fuerza. El ritmo resonó y las figuras comenzaron a moverse; poco a poco, cobraron vida, transformándose en los primeros miembros del pueblo Asmat.

Cuando la ceremonia  acaba, ingresamos al jew, la casa larga, un edificio comunal donde se concentran las funciones más importantes de la vida Asmat. El centro ritual, político y simbólico de la comunidad. Donde los hombres mayores discuten y los jóvenes escuchan. Pocas, como esta, son las ocasiones en las que las mujeres pueden ingresar. 

Sobre el piso, uno al lado del otro, dejando un pasillo libre al medio, se sientan los artesanos de la comunidad con objetos para vender. Nuestros guías ofician de traductores en cada transacción. Compro un par de noken, esas bolsas tradicionales tejidas con hojas de pandan secas, plumas de loro y cuentas rojas o blancas de tamarindo que ellos usan y me parecen admirables. También me ofrecen dagas, collares, tambores y piezas esculpidas en madera en las que está plasmada su creatividad y mundo espiritual.

DSC_0393-606x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
La aldea Yuan Yufri no recibía visitantes desde hace diez años. Crédito: Gloria Montanaro
DSC_0027-1000x667 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Según su mitología, fue el sonido del tambor tifa el que infundió vida a las primeras figuras de madera talladas por el creador Fumeripitsj. Crédito: Gloria Montanaro

A pesar de la penumbra, adentro hace calor. Algunos de los hombres mantienen brasas encendidas para poder encender sus cigarros. Hay olor a hierba y madera quemada. Advierto varios ojos rojos, pero los guías dicen que aquí solo fuman tabaco local. Las mujeres no suelen hacerlo dentro del jew, tampoco suelen ser las protagonistas; pero mientras paseo la mirada con mi lente me detengo en ella, sentada en una ubicación central, con pelo corto y risa confiada. Se sabe observada, levanta su quijada, pita un cigarro y su punta se enciende en un deleitable acto de rebeldía. 

Camino a la trascendencia

Al día siguiente emprendemos un trayecto de hora y media a través de un río más estrecho hasta la aldea de Biwar Laut. El ritual de bienvenida sobre el agua se repite, pero los hombres aquí suman a su canto trompetas Fu, unos cilindros tallados en madera que sirven para anunciar la llegada de los «espíritus». Algunos de los hombres tienen ornamentos nasales hechos de hueso de jabalí. Sobre sus cuerpos, además de blanco, usan pigmentos rojos y negros. Victor nos acompaña y explica que el uso de color rojo responde a la vanidad. Una canoa lleva a cuatro de ellos pintados enteramente de ese color. En vez de rodearnos, aquí la tribu lidera el avance hacia la aldea.

DSC_0114-667x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro
DSC_0139-1000x658 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Su vestimenta y sus canoas no son simples objetos, son el lenguaje con el que narran su respeto por la naturaleza y sus ancestros. Crédito: Gloria Montanaro

Al llegar no podemos descender. Uno de los líderes en tierra sale a nuestro encuentro con las manos en alto y comienza a conversar a viva voz con el resto. Entabla un diálogo en el que parece consultar si somos bienvenidos o no. Al cabo de un rato, grita, sonríe, lanza polvos blancos al aire y nos hace gesto de que descendamos.

Frente a la jew comienza la Jipae o Ceremonia de la Máscara Espiritual, una fiesta en la comunidad honra a los antepasados. Durante la primera parte, los niños son protagonistas. Bailan con movimientos de cadera -llamados jiwindi- en torno a los espíritus de los difuntos, representados por unas figuras cónicas de fibras vegetales que danzan a la par. Bajo ellos, un miembro de la comunidad elegido cuidadosamente para representar al fallecido y asumir sus responsabilidades. No son hombres, o al menos no lo son hoy: son los espíritus de los difuntos que regresan para una última despedida.

Las mujeres los cortejan. La mayoría lleva el pecho desnudo, y las que no, se cubren con una banda de fibras naturales trenzadas. Ellas son las incansables proveedoras de esta sociedad: se ocupan desde la recolección del sagú en los pantanos hasta la pesca que alimenta a la aldea. Y ahora también bailan, sostienen el ritmo. Los niños llevan en sus manos unos tallos verdes que, luego de un rato, comenzarán a arrojar hacia los enmascarados. Una mujer con un cuscús en la cabeza se acerca amablemente a nosotras cuando comienza la procesión y nos lleva de la mano hasta una pasarela. Quiere evitar que nos resbalemos en el suelo fangoso.

Hay algo que sucede hacia el fondo de la aldea que no podemos presenciar. Pertenece al fuero sagrado. Pero al rato, salen desde allí los espíritus y son traídos de vuelta al pueblo atados y dominados por un tutor, un guía del mundo de los vivos que sujeta la energía errática de los ancestros. Regresan juntos frente al jew, y toda la comunidad entierra los pies en el barro mientras baila al ritmo de los tambores. La partida final del espíritu hacia el Safan, o “más allá”, está asegurada.

Desde aquí nos trasladamos hasta la última aldea: Uwus. Este paraje ha sido designado como pueblo turístico y es el más visitado de los tres por turistas locales y extranjeros.

Frente a sus tierras, el río se ensancha y los hombres hacen un despliegue impactante e intimidatorio: colocan sus canoas en formación de falange, con los remos golpean la embarcación al compás de gritos progresivos, alguno apunta su arco al cielo, otros disparan tubos con polvos que parecen humo y avanzan lentamente hacia nosotros. La mente sabe que la coreografía que tiene enfrente es performática, pero también recuerda la fama de guerreros que los precede. La panorámica es tan temible como hipnótica.

En la orilla, las mujeres están vestidas de manera homogénea con vestidos de flecos hechos de fibra vegetal. Miran al río y acompañan el ritmo de los cantos sacudiendo la cadera. Son cientos, y están formadas frente al jew más grande que hemos visto. Una vez que los hombres encallan sus canoas y desembarcan sobre la playa, ellas siguen bailando. Al cabo de un rato comienza la ceremonia del Poste Mbis, un ritual funerario que también honra a los difuntos y restaura el equilibrio espiritual de la aldea.

Por una pasarela que sale del jew, los líderes sacan y erigen un tronco de mangle de casi ocho metros de largo tallado con figuras humanas que representan a sus ancestros. Está coronada por la cibi, una extensión calada con forma de un pájaro que representa la virilidad y el poder espiritual. Una vez que calzó sobre un andamiaje, los hombres de la tribu realizan una embestida de guerra por debajo de ella. Para los Asmat, ninguna muerte es «natural» sino causada por magia o enemigos; y esta representación, imagino, venga la suya para que el espíritu pueda descansar en paz.

Mientras los otros ingresan al jew a ver los objetos que tienen en venta, yo parto con Victor a conocer la aldea. Los niños posan para que les tome fotos. Se miran, sonríen al verse representados. Seguimos caminando. Allí vemos venir a Kornelius. 

DSC_0792-583x1000 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Gloria Montanaro

Regreso a otros mundos

DSC_0125-1000x667 - Asmat, la tribu temida por su fama de guerrera y cazadora de cabezas
Ritual de bienvenida en la aldea Biwar Laut. Para ellos, las canoas son el símbolo máximo de la vida, la resiliencia
y la fuerza. Crédito: Gloria Montanaro

Mientras desandamos el trayecto navegado hacia Asmat y regresamos a Kaimana, hacemos una parada estratégica en Triton Bay. Son apenas las cinco de la mañana pero ya estamos sobre la lancha en dirección a un bagan, una plataforma de pesca artesanal a donde los tiburones ballena, los peces más grandes del mundo, se acercan a comer -y nosotros haremos snorkel junto a ellos-.

Una soga nos mantiene cerca para que las corrientes no nos alejen de la ubicación. Y los consejos de Kaz, a comportarnos frente a ellos: “Si los ven nadar hacia ustedes, solo muévanse hacia un costado”, dice, olvidando explicar que estos animales tienen visión lateral.

Vemos pasar a uno, dos, tres. En el medio los intercepta un grupo de delfines. Su tamaño es categórico. Deben medir entre siete y ocho metros. Sus bocas, aunque solo usadas para comer plancton y peces chicos, miden cerca de metro y medio de ancho. Cuando nadan, las llevan abiertas. Respiran mediante un mecanismo llamado ventilación forzada, que hace que el agua oxigenada fluya a través de sus branquias. Eso los impulsa a estar siempre en movimiento. Pero aunque sepa que son pescetarianos, cuando veo venir a uno con la boca abierta hacia mí, me quedo sin aliento. Me muevo rápido hacia un lado. El paisaje queda desierto y envuelto por el silencio que proyecta el manto verde de la profundidad.

De golpe, mientras mi cuerpo aún regula una descarga de adrenalina y cortisol, siento una masa gelatinosa chocando contra mis pies. Es él, este ser de tamaño -y gentileza- monumental, que podría hundirme para siempre con un coletazo por inmiscuirme en su universo pero que elige pasar mansamente debajo de mí.   

Hay algo de esta experiencia, del encuentro con Kornelius, los Asmat y los tiburones ballena, algo de adentrarse en un ecosistema tan remoto y extraño, que le responde con alevosía al sentido de viajar hasta acá. Estos universos, a los que no pertenezco, de los que entro y salgo sin haber sufrido daños, que enseñan que el respeto al otro es la única opción para mantenernos a salvo.